06/05/2021

El examen que rompe con el techo de cristal financiero

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Un/a ex ministro/a de economía del gobierno español me dijo un día: “El mundo financiero siempre ha sido cosa de apellido”. Qué razón tenía. Y no solo en España, sino en todo el mundo. Seguramente porque donde realmente se gana dinero es en el mundo de la banca de inversión y de gestión de fondos de inversión, las élites, desde tiempos pretéritos, han monopolizado el sector. Por eso a menudo han hecho su lenguaje difícil e inaccesible y sus empresas solo son accesibles por invitación. Unos tienen que picar piedra todo el día mientras otros compran dinero al 3%, lo venden al 6% y a las 3 de la tarde están en el golf. Afortunadamente, la regla del 3-6-3 se está acabando.

Primero, porque con unos tipos de interés tan bajos en todo el mundo, cada vez cuesta más encontrar buenos rendimientos (el margen 3-6-3 ya forma parte de la historia).

Segundo, porque con un mundo cada vez más globalizado y tecnificado, el capital cada vez es más eficiente y va allá donde rinde mejor, cada vez con menos dependencia del acento, refinado o no, de los vendedores. Si el crecimiento global viene de China o Asia, las inversiones irán para allá, dejando de lado a los financieros anglosajones, acostumbrados a ser el centro del mundo.

Tercero, porque los reguladores van aprendiendo y por fin están imponiendo mejores leyes. Por ejemplo: antes un financiero podía invitar a clientes o potenciales clientes en la zona VIP de Wimbledon o Wembley, o a una gran comida en el piso 50 del Shard londinense. Ahora esto es impensable porque va contra la ley: uno tiene que sentarse en una oficina y explicar las cosas en un lenguaje sencillo, que el cliente entienda –nada de tecnicismos que se utilizan para impresionar y cobrar más comisión–. Cada vez más la corbata Hermès, el cabello dorado y las manicuras estilosas cuentan menos, y la capacidad de explicar y convencer, más.

Y es por estas razones que hay un examen cuya popularidad está disparada. El CFA (Chartered Financial Analyst) es un programa global a menudo definido como "las puertas al sector financiero": las aproximadamente 170.000 personas que han pasado los tres niveles de esta certificación profesional, y no universitaria, copan las mesas donde se gestionan miles de millones de fondos de pensiones, reservas de bancos centrales, importantes patrimonios privados, con toda la maquinaria de búsqueda y ventas que la industria genera. PIMCO o Blackrock, las dos grandes empresas de gestión de fondo de inversión (con más de 2 trillones), cuentan con centenares de CFA en sus filas, y ven la proporción de CFA por empleado con gran orgullo.

Los monitores que indican la evolución de la bolsa australiana, en Sydney, en una imagen de marzo de 2020.

Y es que ahora, con cada vez más competencia y menos comisiones, con mercados eficientes que hacen que generar valor cada vez sea más difícil, con clientes que necesitan y exigen resultados (como los gobiernos deficitarios o con importantes agujeros en la cuenta de las pensiones), las empresas financieras se tienen que poner las pilas y ofrecer resultados –y por eso necesitan fichar más talento y menos presencia, clase o acento–.

Y la manera más rápida para encontrar talento financiero es captar CFA –tanto o más que irlos a buscar en los MBA de las mejores universidades del mundo–. Estos programas son carísimos (un MBA en Harvard cuesta unos 222.000 dólares), mientras que el CFA se puede hacer por unos 10.000 dólares (importe que incluye los libros, los preparadores y el precio que se tiene que pagar por hacer cada examen), lo cual quiere decir que el talento está más muy filtrado porque solo un grupo muy reducido puede acceder a los MBA de Harvard, Chicago, Iese, Insead o la London Business School. El CFA, además, está 100% centrado en el mundo financiero, que solo es una parte de los programas de MBA.

La razón por la cual el programa tiene tan buena reputación y abre tantas puertas en un sector tradicionalmente tan cerrado es porque los tres exámenes que se tienen que pasar para conseguir la acreditación están considerados entre los más difíciles del mundo. Hasta este año, miles de candidatos se sentaban en grandes salas en todo el mundo (Excel Centre en Londres o Ifema en Madrid), y durante seis horas (con dos para comer) respondían a las preguntas en un libreto de examen que tiene hasta 82 páginas. Con unos 30 segundos por pregunta, con preguntas que por norma general implican muchos cálculos, miles de candidatos sienten como si les saliera humo de la cabeza mientras teclean ansiosamente en las calculadoras financieras (lo sé por experiencia propia). Siempre hay escenas de pánico, de nervios. La gente se juega mucho y solo aprueban una media del 45%, aproximadamente. Nadie quiere suspender y volver a estudiar durante un año las 300 horas que se dice que hacen falta para pasar cada nivel. Solo un 10%, más o menos, pasan los tres niveles a la primera.

Otra gran ventaja de este examen es la importancia que se le da a la ética profesional. La ética representa casi un 20% del examen en los tres niveles, y si uno está justo en la raya entre el aprobado o el suspenso, es el resultado en la sección de ética el que decide. En una época en la que la industria financiera no tiene una gran reputación (crisis 2007-08 y escándalos que nunca parecen acabar), una autorregulación ética es uno de los grandes favores que el sector financiero puede hacerse a sí mismo.

Finalmente, como es el esfuerzo y el talento el que lleva al éxito, esto ha permitido que grandes colectivos hasta ahora muy poco representados en el mundo financiero ahora tengan cada vez más presencia: sobre todo mujeres y, sobre todo, mujeres asiáticas, visiblemente muy presentes en los exámenes en Londres. Si antes costaba mucho imaginar a mujeres asiáticas en las entrañas del mundo financiero anglosajón, ahora cada vez es menos extraño, porque ellas pueden producir lo que el sector necesita: resultados.

Y que esto pase es bueno para todos, no solo para quienes pueden llegar a chupar de este bote tan lucrativo: es bueno para los millones de pensionistas que tendrán una gestión más profesionalizada, para los gobiernos o cualquier cliente, que recibirán mejores explicaciones y podrán comparar mejor quién ofrece un mejor servicio y mejores resultados. Un mundo financiero que ya no esté monopolizado por hombres anglosajones privilegiados tiene que ser bueno para todo el mundo.

Elena Moya es escritora

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