¿Cómo se explica el fracaso educativo?
Hay escuelas donde el personal docente comprometido hace lo imposible para que sus alumnos salgan adelante, para darles la mejor educación posible y que salgan con la formación básica necesaria. Esta es su voluntad y el objetivo principal que guía su trabajo (hablo de los vocacionales e implicados, no de los que aterrizan en el sistema porque quieren ser funcionarios o la carrera que estudiaron no tiene más salidas). Imaginémonos hoy a uno de estos jóvenes maestros cargados de ilusiones aterrizando en el mundo real. ¿Qué se encontrará? Para empezar, hasta que no tenga una plaza fija, irá dando tumbos por diferentes centros educativos y la primera cosa que descubrirá es la enorme “diversidad” que caracteriza a la escuela catalana. Y no hablo de la diversidad del alumnado, que es de lo que más se habla cuando se habla de problemas en la educación (a veces, como inmigrante, estoy por sacar mis boletines de notas y los de mis hijos para demostrar que no, que no, que lo juro, que yo no he hecho nada para hacer bajar el nivel).
La primera gran diferencia la marca un clásico: la renta del barrio y de las familias. Una diferencia que se hace notoria entre la pública y la concertada pero, a veces, también entre escuelas públicas que se sitúan en barrios diferentes. No es lo mismo un colegio de Gracia con una mayoría de padres catalanohablantes sensibilizados en numerosas causas, organizados a través de la AFA y con capacidad para movilizarse cuando creen que el centro no actúa como debe (aunque fue en un centro así donde, ya hace muchos años, a mi hijo mayor le dijeron “moro de mierda” por primera vez en la vida) que unos barracones en la periferia de la periferia con familias que viven como pueden en un piso minúsculo y deteriorado, con transporte público deficiente y dificultades de acceso a todo tipo de servicios básicos, con padres que no solo no ayudan a los hijos a hacer los deberes sino que necesitan a estos hijos para entender la sociedad en la que viven.
En un barrio el ecologismo es la religión dominante y habrás bebido aceite si te descubren con un bocadillo envuelto en papel de aluminio o dando azúcar a los niños, que es peor que la cocaína, o equivocándote de pronombre cuando te diriges a un alumno o, aún peor, haciendo una broma que se pueda considerar sexista o racista. Y si levantas la voz, o eres demasiado vehemente en tu manera de tratar a cualquier retoño, prepárate para una larga reunión en el despacho del director, donde ahora son llamados más los profesores que los estudiantes. En otro barrio, te encontrarás con familias fundamentalistas que no pisan ni por casualidad la escuela de sus hijos, pero te montarán una manifestación en la puerta si decides que la niña tiene que hacer natación, o impartes la clase de educación sexual establecida en el currículo, o expresas alguna idea en el aula que pueda ir en contra de los valores de la criatura “diversa” a quien tienes que decir que no, que ella no hace falta que aprenda que el respeto por los valores democráticos está por encima del respeto a los valores de su particular y sagrada tradición familiar.
Capítulo aparte está la diversidad de sistemas pedagógicos: clásico tradicional, por proyectos, aprendizaje cooperativo, con ordenadores, sin ordenadores, con lecturas obligatorias de hace treinta años o sobre el último tema de moda. Todo interdisciplinar, intercultural y todos los ismos que queráis. E inclusivo, lo más importante. La escuela debe ser inclusiva. Que no significa subir los sueldos a los padres de los alumnos pobres para que se puedan “autoincluir” en la clase media, sino que en la misma aula, con el mismo número de docentes (uno, y hay días que ni eso, teniendo en cuenta su agotamiento perpetuo), puede haber autistas, discapacitados sin cuidador, TDAH, disléxicos, discalcúlicos, necesidades educativas especiales o específicas y diagnósticos de todo tipo. Quienes todavía piensan que los profesores tienen demasiadas vacaciones deberían pasar una semana en una de estas aulas, solo una, a ver cuánto duran.