Catalunya vive unos días extraños que se están alargando más de la cuenta, si es que existe un plazo para los días extraños. Parece que estemos inmersos en una película de catástrofes y que todo se vaya encadenando, como aquellas vidas que no levantan cabeza. Solo nos faltaba el viento. Ha llegado avisando, eso sí, con alarma incluida, que cuando la sientes en la calle entre tantas alarmas que suenan da la sensación de un concierto contemporáneo. Ha llegado para reivindicarse entre tantas inclemencias meteorológicas, como si lo echáramos en falta. El viento, que es un fenómeno molesto cuando ocurre de brisa. El viento, que no lleva respuestas e irrumpe con la fuerza de quien no tiene argumentos. Este viento agresivo que es como un líder autoritario alrededor del mundo. El viento, que no ama a los árboles. El ruido del viento, que no deja dormir y que se cuela en el cerebro como si un fantasma quisiera hablarnos. No, ahora ese viento no. Estamos demasiado cansados, todos juntos. Pero ponemos las esperanzas de calma en el anticiclón que está a punto de llegar, dicen, y que va a dar una tregua climatológica. Porque nunca llueve a gusto de todos y el exceso suele hacer daño. Vendrán días seguidos de sol. Dicen. Quizás también habría que avisarles con una alarma para arañar toda la vitamina D que nos falta. Aunque también está en los días de sol que todo queda al descubierto y el desastre se ve más claro. Por si acaso alguien va despistado y no sabe que Catalunya lleva paralizada desde hace años y que el viento es el último que ha entrado por la puerta. Esto pasa por dejarla abierta. Ya nos lo decían, que conviene vigilar con los corrientes de aire. En cualquier caso, no hace falta ser especialmente esotérica para ver que todo son señales que nos avisan, muy poco sutilmente, que estamos al límite de demasiadas cosas y que es el momento de empezar a moverse hacia la dirección adecuada. Con el viento debemos esperar a que sea él quien pare, pero otras muchas situaciones está en las manos humanas que se pueden resolver.
El sector educativo, que debe ser uno de los pilares de nuestra sociedad y no debe suplir el trabajo educativo de los padres y madres, no puede más, y ha hecho huelga y ha salido a la calle. En el momento menos adecuado, han dicho algunos. No sé de qué se quejan, dijeron otros. Como si hubiera un mejor o peor momento por protestar y como si no tuvieran un montón de razones. Al final nadie querrá hacerse maestro. O peor, sólo quedarán los malos. El campesinado también salió a protestar la semana pasada. Normal. No le ahogan las lluvias. Le ahoga la burocracia. Una burocracia que está minando las ganas de todos de hacer nada. Cada vez hay más y cada vez es más complicada. Ahora mismo los trenes que mejor funcionan son los de juguete, y los tractores, si se sigue tratando así el sector agrario catalán, pronto serán sólo un objeto de museo. Y el viento sopla fuerte.
A El secreto del Bosque Viejo, Dino Buzzati escribió un texto bellísimo que habla de la necesidad de conectarnos con la naturaleza y que la naturaleza tiene diferentes voces que nos la hacen oír mucho más cercana y fascinante. Justamente uno de sus protagonistas es el viento, el viento Matteo, que ha perdido la fuerza que tuvo en otra época. "Estuvo encarcelado durante veinte años, he oído decir. No quedas impune si pasas tanto tiempo cerrado...", dice una cabaña que ha resistido los embates del viento. Que todo ese tiempo paralizados no tengamos que pagarlo como el viento Matteo. Aún tenemos la fuerza para revertir una situación que no viene ni se va con el viento. Y hablemos con la naturaleza, que si no acabaremos tontos.