Elaborado por un grupo de economistas de renombre, el Informe Fènix sin duda es una contribución relevante a la conversación pública. Los que hacen —hacemos— opinión en los medios a menudo atribuimos a algo llamado el modelo económico una buena parte de los problemas que tenemos como sociedad, y no pocas veces escribimos o decimos que es necesario un cambio, o cambios, en este modelo. Pues bien, el Informe Fènix presenta una exploración y un diagnóstico —solventes, rigurosos y sin rodeos— del modelo económico vigente en Cataluña durante el primer cuarto del siglo XXI. Del año 2000 al 2025, Cataluña no ha hecho más que perder sábanas (puntos de PIB) a cada lavada, es decir: en las comparaciones con las regiones de Europa, o de América, con las que tradicionalmente solía competir o se solía reflejar Cataluña, y que permitían expresiones complacientes o triunfalistas del tipo “Cataluña, la Baviera del sur de Europa” o “Cataluña, la Massachussetts europea”. Esta clase de efusiones hace tiempo que no se estilan, y en su lugar se oye un coro de voces resentidas y fantasmagóricas que predican repliegues nacionalistas o, directamente, discursos de odio dirigidos muy especialmente contra la inmigración. Efectivamente, los flujos migratorios que han llegado a Cataluña no han hecho más que crecer durante estos veinticinco años, y han propiciado una transformación demográfica profunda, que se resume en el tránsito de la Cataluña de los seis millones a la de los ocho millones de habitantes (el Informe Fènix incorpora la previsión de que sea diez millones el año 2050). No es ninguna casualidad que, desde el año 2000 hasta ahora, Cataluña, y especialmente Barcelona, haya hecho su economía cada vez más dependiente del turismo de masas y de la especulación inmobiliaria, dos fenómenos estrechamente ligados, a menudo en forma de causa y efecto. En estos aspectos, se puede decir que Cataluña —especialmente Barcelona— se ha baleearizado, dado que las Baleares son, lamentablemente, un referente en este modelo económico centrado en actividades de baja productividad, de trabajos no cualificados y salarios bajos, en el cual se fija el Fénix. Y es cierto, como indican sus autores, que los trabajadores con salarios demasiado bajos no cotizan para cubrir los servicios que utilizarán a lo largo de sus vidas, con lo cual “contribuyen” al deterioro del tejido económico y al empobrecimiento del conjunto del país.
Ahora bien, estos trabajadores que perciben salarios bajos son explotados por empresarios que, además, son apuntalados por gobernantes y patronales que los apoyan en estas prácticas explotadoras. Dicho de otra manera, los trabajadores “contribuirían” sensiblemente menos al empobrecimiento colectivo si percibieran salarios decentes, si no sufrieran estacionalización y precariedad, si sus hijos no estuvieran abocados al abandono prematuro de los estudios y si, en resumen, las desigualdades entre ricos y pobres no fueran cada día más acentuadas. Hay un problema grave de productividad, ciertamente, que va unido a otro, no menos grave, de mala distribución de la riqueza y de ascensor social averiado.