Fótele, que es Uclés

David Uclés lo he visto una sola vez, el día de la entrega del premio Nadal de este año. Cuando hizo su discurso de agradecimiento, encontré que hablaba como no he oído hablar a nadie, que se expresaba de una manera tan singular como vestía. Algo extraño en nuestro sector: todos somos bastante originales. Yo, de jovencita, decía que sólo quería ser una escritora "normal", hasta que, después de conocer a muchos colegas de oficio, me di cuenta de que no existen los escritores "normales". Hay adocenados, claro: los eficientes mercenarios de la letra que sacan un libro cada año y hacen novelas como harían morcillas. Estos no los considero escritores –ya me perdonarán el purismo gremial, pero lo digo más como lectora que escribiente–. Yo, leyendo, quiero acceder a una conciencia, a un mundo, a una mirada sobre la vida ya un trabajo artístico realizado con palabras y con las piezas y engranajes propios de la literatura. Para entretenerme con historias contadas con un estilo plano y sin temple ya están las telenovelas de sobremesa. De todas formas, no quiero hablar de libros, dado que no he leído ninguna de las dos novelas que ha publicado Uclés; quiero hablar de los escritores, la prensa y toda esa parte del trabajo que solemos llamar "promoción".

Ser escritor es vivir en una especie de esquizofrenia: pasas meses, quizás años, encerrada en un mundo que no existe, lleno de personajes que has creado tú misma, planteando y resolviendo conflictos y situaciones que sólo tú tienes en la cabeza. Terminas el trabajo, lo entregas y, si tienes suerte, acaba materializado en un libro que los editores editan, los distribuidores distribuyen y los libreros vienen. Y si se produce el milagro incluso puede que los lectores lo compren. Hay mucha gente que participa en la creación de un libro, pero sólo una sola persona, el autor, se lleva o la gloria o las críticas.

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Desde hace muchos años, quizás desde siempre, se da por hecho que entre los deberes de quien publica un libro (el autor) está el de dar a conocer lo que ha escrito a través de los medios. En concreto, mediante entrevistas concedidas a periodistas de la sección de cultura. Con suerte, porque también hay muchos medios en los que la misma persona que ha tenido que leerse tus trescientas páginas después debe cubrir el partido de fútbol del equipo local o el pleno del ayuntamiento. En cualquier caso, la "promoción" de los libros lleva a este espacio de encuentro e intercambio entre periodistas y escritores, llamado, formalmente, "entrevista". Suelen ser placenteras y enriquecedoras porque hay alguien que recibe lo que has hecho y te hace preguntas sobre algo a lo que quizás has dedicado un buen puñado de meses o años de tu vida. A veces pueden ser incómodos (por ejemplo, cuando hay un interés por temas que no salen en los libros y que quizás no te apetece responder, o cuando se tratan hechos que te resultan dolorosos). Es un baile, una danza y una negociación, y casi siempre se produce con un pacto de cordialidad porque el periodista hace su trabajo pero el escritor también está dando su tiempo y lo que es a quien le entrevista. Es un entendimiento cordial, por decirlo de algún modo. Por eso me resulta tan sorprendente la virulencia con la que ha sido atacado David Uclés en las últimas semanas. Y eso que sólo me he enterado de lo que ha trascendido en los periódicos y no por Twitter. Incluso si alguna de sus afirmaciones me parecen del todo equivocadas, no acabo de entender la animadversión que genera. Y menos cuando lo que se le echa en cara no es la falta de calidad de sus textos sino lo que lleva en la cabeza o cómo habla. Es entonces cuando la defensa de la libertad de expresión no lo es sólo de las ideas y opiniones sino del estilo propio de cada uno. Que puede agradar más o menos pero tiene todo el derecho del mundo a existir tal y como es.