La cabecera de la manifestación organizada por CCOO y UGT
30/04/2026
Secretario general de la UGT
3 min

Hay fechas que interpelan. El Primero de Mayo es una, por definición. No es una efeméride complaciente ni un ritual vacío: es un espejo incómodo que obliga a preguntarse si el trabajo permite vivir con dignidad o si, por el contrario, se está normalizando que millones de personas trabajadoras no lleguen a fin de mes. Este año, esta interpelación es más dura que nunca. El lema que hemos acordado los sindicatos –“Derechos, no trincheras. Salarios, vivienda y democracia”– no es una consigna retórica: es una línea de defensa frente a quienes pretenden sustituir derechos por confrontación, cohesión por división y diálogo social por imposición.Todo esto se produce, además, en un contexto internacional adverso, marcado por la inestabilidad geopolítica, los conflictos abiertos y la disputa por el control de la energía y las cadenas de suministro. La agresión a Ucrania, la escalada en Oriente Próximo –con ataques contra Irán al margen del derecho internacional– y las tensiones comerciales entre potencias impactan directamente en la vida cotidiana: más inflación en bienes esenciales, precios volátiles de la energía y salarios reales a la baja. Y este ajuste acaba recayendo, demasiadas veces, sobre el trabajo.Cataluña no es ajena a este contexto. Al contrario: lo encarna con especial intensidad. Es una de las economías más dinámicas del Estado, con salarios medios superiores a la media –alrededor de 34.700 euros anuales–, pero también con profundas brechas internas y una presión creciente sobre las condiciones de vida de las personas trabajadoras. Porque la cuestión no es solo cuánto se crece, sino cómo se reparte este crecimiento. Y aquí la negociación colectiva es una herramienta imprescindible.El conflicto distributivo es hoy en el centro del debate. Mientras los beneficios empresariales han mostrado una notable resiliencia incluso en este entorno incierto, los salarios han perdido capacidad de compra. Y cuando el trabajo no garantiza una vida digna, la cohesión social se agrieta. Por ello, la mejora de los salarios no es una reivindicación coyuntural, sino estructural: es la condición básica para sostener el contrato social, para fortalecer la demanda interna y para evitar que la recuperación económica se construya sobre bases frágiles. La negociación colectiva debe continuar siendo el instrumento que ordene este reparto, que cierre brechas –también la de género– y que impida que el crecimiento se concentre en unos pocos.

A esta tensión se suma, con especial intensidad en Cataluña, el problema de la vivienda. El acceso a un alquiler asequible se ha convertido en el principal factor de desigualdad, con precios que en ciudades como Barcelona superan ampliamente los 1.100 euros mensuales después de años de incrementos acumulados que han duplicado su coste en apenas una década. Las políticas adoptadas –limitación de rentas en zonas tensionadas, reducción de pisos turísticos, refuerzo del alquiler residencial– apuntan en la dirección correcta, pero aún no consiguen revertir un problema estructural agravado por la falta de oferta asequible. Cuando una persona trabajadora destina una parte desproporcionada de su salario a la vivienda, no solo pierde capacidad de ahorro: pierde libertad, pierde proyecto vital.En este contexto, hablar de democracia social no es un ejercicio retórico: es afirmar que los derechos no pueden retroceder ni fragmentarse en función del origen o la condición de las personas. Frente a quienes levantan trincheras desde posiciones extremistas, señalando a los inmigrantes o debilitando la cohesión social, el sindicalismo reivindica el valor del acuerdo, de la convivencia y del reconocimiento mutuo. Cataluña ha sido históricamente una tierra de acogida, trabajo y progreso compartido. Este modelo, basado en la integración y la igualdad de derechos, es también una garantía de estabilidad democrática y de prosperidad.Porque, en el fondo, todo está conectado. Hablamos de personas con derechos, vengan de donde vengan, que no pueden ser empujadas a la precariedad ni convertidas en mano de obra explotable. Sin salarios dignos no hay igualdad real. Sin acceso a la vivienda no hay libertad efectiva. Y sin cohesión social no hay democracia que resista.Este Primero de Mayo no es solo una fecha en el calendario. Es una llamada a reforzar el reparto justo de la riqueza, a proteger los derechos y a rechazar las trincheras. Porque el futuro, si quiere ser compartido, solo puede construirse desde la justicia social.

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