Lo primero que hay que decir de la tarde en que el Papa bendijo la torre más alta de la Sagrada Familia es que vivimos un momento para la historia de la ciudad y del país, porque la figura de Gaudí fue reconocida con una espectacularidad creativa (Igor Cortadellas) que estuvo a la altura del monumento y porque la transmisión televisiva (TV3, Paulí Subirà) también estuvo a la altura de la pasión profesional del arquitecto de Dios.
Pero al final de la página donde se escribirá la historia de este 10 de junio de 2026 quedará la mancha de la expulsión del templo de cientos de cantores, que ya tuvieron que cantar la misa coaccionados por la estrecha vigilancia de la Policía Nacional, bajo la sospecha de que llevaban esteladas y de que corría la voz de que querían cantar Els segadors al final del acto, después de haber cumplido con el servicio al que se habían comprometido. Que, después de tantas horas de ensayo voluntario ilusionado, los cantores fueran rodeados como si fueran delincuentes y privados de acabar con lo que habían acordado es un menosprecio inadmisible.
Si las autoridades competentes aquella noche entienden que cantar el himno de Cataluña ante el Papa y los reyes constituye un problema de seguridad o un afrenta intolerable, ¿de qué reencuentro nos están hablando? La realidad nacional del país es terca y no se deja rodear, y acaba apareciendo siempre, por más represión que se le aplique. La policía no alzó la mirada. El Estado no sabe hacer como el papa León, que dio muestras más que sobradas de respeto y de haber entendido en qué país estaba.