Los cambios cuestan, y por eso a menudo nos resistimos a ellos. Porque incluso cuando algo no nos entusiasma pensamos que lo que lo sustituirá aún nos gustará menos. A veces el “loco conocido” lo aplicamos más allá de las personas y dejamos para los demás el “sábio por conocer”. Nosotros no queremos saber nada de ello porque no queremos cambiar nada. Esto pasa mucho con los cambios urbanísticos, y como este país se ha destrozado históricamente a base de hacer carnicerías con el paisaje, tanto en la costa como en el interior, muchos acostumbramos a ver con recelo los cambios que se proponen. Y si somos personas más o menos justas, reconocemos los aciertos, que aparte de la estética también tienen que ver con cómo nos afectan personalmente en nuestra vida cotidiana. Porque, finalmente y a pesar del turismo, una ciudad se tiene que pensar para que vivan en ella sus ciudadanos.
Un día que bajé a la Rambla de Barcelona me encontré con las famosas obras de esta avenida, maldecidas especialmente por los taxistas y por los comerciantes de la zona (a las obras, pobrecitas, no las quiere nadie nunca). A pesar de saber que se estaban haciendo y haber oído hablar de ellas (los pros y los contras), no tenía ni idea de que una de las cosas que se estaban perpetrando en uno de los emblemas de la ciudad era la destrucción de su pavimento tan característico, aquellas olas que acompañan el paseo hasta el mar. Aquel suelo que, cuando llovía, brillaba fotográficamente y resbalaba peligrosamente. Un cambio que no había visto venir y que, como barcelonesa, me pareció muy triste. Quizás porque, con los años, he ido bajando menos al centro y lo querría encontrar cada vez como cuando éramos jóvenes y el pavimento no nos interesaba pero lo pisábamos como si fuera nuestro para siempre.
Cuando hace años se cambiaron los adoquines de la Diagonal y se pusieron los de las hojas de plátano ya hubo polémica, porque las mujeres que llevaban tacones tropezaban con ellos, la gente mayor tampoco caminaba segura y cuando llovía, a pesar de que debían ser más seguros, también resbalaban. Esto lo comprobé yo misma, que, aparte de poner los pies, también puse el culo. Y no son cómodos para sentarse. Lo digo por si alguien se tienta. Por eso, aprovechando que el tiempo ha reducido los adoquines de la Diagonal a una anécdota urbanística que solo recordamos por las caídas que hemos sufrido y que, a pesar de la incomodidad para caminar sobre ellos, estéticamente a mí personalmente no me desagradan, es un buen momento para hablar de otro suelo de la ciudad. Y más ahora que ya nos han dicho que inaugurarán la nueva Rambla en febrero del año que viene, con una gran fiesta ciudadana ligada a la memoria del paseo pero habiendo perdido buena parte de sus emblemas comerciales y de pavimento. Por cierto, el nuevo no tiene ninguna gracia. No brillará ni con la lluvia. Pero la belleza no es tendencia.
La Rambla es un emblema de Barcelona, o lo era, porque sin el pavimento de las olas y con muchos comercios multinacionales que encuentras en cualquier ciudad del mundo hace años que ha perdido su esencia. O somos nosotros que nos hacemos mayores y nos ponemos la nostalgia encima, en lugar de la funcionalidad y los cambios. Sea como sea, objetivamente, hubo un tiempo en que las baldosas, los edificios y las luces se hacían más bonitos, aunque la ciudad fuera más oscura. Las olas de un mar que no veíamos empezaban en la plaza Catalunya. Ahora vemos el mar, pero llegaremos a él pisando un suelo anodino y nos seguiremos preguntando si ya no es posible mantener la esencia de las ciudades donde vivimos o si la esencia la hacen, precisamente, los cambios.