Menos hablar y más hacer (3): turismo
Retomando el hilo interrumpido por la actualidad de Ceuta, continúo con mi propuesta de soluciones practicables para los problemas principales de Cataluña.El turismo supone más del 12% de nuestro PIB. Ahora toca pasar del volumen al valor. El turismo no puede crecer más —estamos ya tensionados—, pero debemos redirigirlo pasando de la cantidad a la calidad, porque es una fuente de riqueza de difícil sustitución a corto plazo.Tenemos dos tipos de turismo: el vacacional y el urbano. El primero es estacional, está ligado a servicios de bajo valor —sol y playa— y tiene poco valor bruto añadido. El segundo, en cambio, está vinculado a negocios, congresos, convenciones, cultura, gastronomía, etc. Son dos actividades diferentes, con impactos sociales y económicos diversos, que requieren tratamientos específicos. Queremos, y debemos conseguir, más calidad y menos volumen; más ingresos y menos personas. Este es el paradigma que se tiene que explicar y que implica unos problemas sociales que es necesario que la ciudadanía entienda. Las medidas que se tomen pueden ser impopulares por incómodas y pueden afectar a los ingresos de los que viven de ello.La conclusión es sencilla: queremos turismo urbano —que genera beneficios en diversos sectores económicos, como la ciencia, la industria o los negocios— y queremos limitar el turismo vacacional —cuyos excesos pueden conducir a la degradación del medio ambiente, a la erosión del patrimonio físico que hace atractiva a Cataluña y a una corrosión de la convivencia social por el rechazo que la actividad genera en parte de la población. Esta dualidad lleva a la necesidad de limitar el alquiler de habitaciones para uso turístico, que agrava la escasez de vivienda. Se ha anunciado su prohibición a partir de 2028, y también la necesidad de controlar a los visitantes diarios, que —provenientes de la costa cercana a Barcelona— suponen unos 7 millones de turistas más, que aportan poco valor pero generan una congestión significativa. Además, Barcelona no tiene el mismo problema que grandes metrópolis como Londres o París. Aunque la dimensión del problema pueda ser la misma, la dimensión de la ciudad no lo es; por tanto, el efecto, en Barcelona, es N veces mayor y afecta a toda la ciudad, y no a la zona monumental, como es el caso de París y Londres.Lo que no se quiere requiere medidas de contención eficaces para evitarlo. Por ejemplo, se podría limitar el número de autobuses turísticos que llegan a Barcelona. La sociedad conoce la realidad turística; la ciudadanía no se opondrá a medidas que busquen contener el turismo vacacional. Se debe limitar su capacidad. Tenemos 150.000 camas en Barcelona. ¿Por qué aumentamos la oferta? ¿Por qué limitamos el número de hoteles en Barcelona pero no en el área metropolitana? ¿Por qué hemos permitido, y ahora corregimos, el alquiler de habitaciones? No tiene sentido, pero se permite. Nos hemos creado el problema y ahora queremos resolverlo. Está bien, pero en estas políticas ha habido incoherencias.
Medidas como reducir el número de terminales de cruceros operativos y la oferta hotelera —en definitiva, medidas que limitan la capacidad turística— van en la buena dirección para redirigir una demanda hoy desbordada. Pero esta política deberá endurecerse y modularse con el tiempo en función de las circunstancias, que cambian permanentemente. Quienes alquilan habitaciones encontrarán la manera de contravenir la prohibición…El aeropuerto de Barcelona está al límite de su capacidad, mientras que los de Reus y Girona —ciudad comunicada con Barcelona por AVE con trayectos de 40 minutos— son infraestructuras infrautilizadas. Sería conveniente, por ejemplo, incrementar los vuelos intercontinentales en Barcelona y limitar en él los europeos para mejorar la calidad del servicio. Hay políticas posibles que no se movilizan porque el gobierno del aeropuerto está condicionado por el beneficio de la explotación, siendo como es una empresa en régimen de monopolio. La pregunta clave es si la gobernanza del aeropuerto está condicionada por lo que conviene a Barcelona y Cataluña o por la cuenta de pérdidas y ganancias de Aena, que ha convertido el aeropuerto en un centro comercial inmenso de precios altos. La respuesta es evidente, pero son las administraciones públicas las responsables de movilizar medidas de contención. Los aeropuertos de Barcelona, Reus y Girona son instrumentos de primera importancia para modular el efecto del turismo en Barcelona y Cataluña. Se permite un monopolio, al cual no se ponen límites.Con la excepción de Barcelona, parece que en el resto del país no se toman las medidas necesarias —consensuadas por todos— para limitar el turismo y mejorar la calidad del servicio por cierta pereza y por la sensación de falta de urgencia. La sensación es de cierta dejadez por el sentimiento de que “no es para tanto”, porque el negocio funciona. Creo que se trata de una sensación errónea que retrasa la implementación de medidas urgentes y que necesitan coherencia entre sí para ser eficaces. Si estas políticas transversales se movilizasen, contarían con el apoyo social. La ciudadanía necesita saber qué se hará y cómo se hará si queremos potenciar las medidas, y también saber qué sacrificios les supondrá llevarlo a cabo.Se necesitan medidas concretas para resolver problemas específicos, y deben tomarse con transparencia para que la ciudadanía las acepte.