La Rambla de Barcelona llena de personas paseando.
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No es sólo que en el 2026 haya comenzado como un trueno, condensando en pocas semanas toda la intensidad informativa que antes solía generarse de forma más esponjada a lo largo de todo un año. No es sólo la presión frenética a la que nos somete el segundo y quizás no último mandato del hombre naranja en Estados Unidos. Tampoco es sólo el caos de la movilidad en Cataluña, que se estudiará en las facultades de psicología como un caso deburnoutcolectivo, como mínimo, y que si no ponen remedio acabará empujando a algún usuario de Cercanías a lanzarse talud abajo con el comprensible y desesperado objetivo de arrancarlo todo a rodar, él y tierras deslizadas y muro de contención y dignidad colectiva formando una única y solidaria protesta boncefer.

Ciertamente, nuestro grado de trasiego colectivo está en niveles notables, y por motivos diversos. Pero ni todo loburnout, ni todo el frenesí cotidiano ni toda la fatiga de los materiales provienen de la estricta actualidad. Por debajo de las vicisitudes de la geopolítica y del ser catalán corre otro malestar subterráneo, uno que se vive más dentro de cada uno y que tiene que ver con la aceleración de la vida, con la sensación de que nunca acabamos de salir un rato largo de la jaula, que no podemos dar a nuestras existencias el ritmo humano que quisiéramos. Ya lo decía Umbral hace décadas cuando escribió que vivimos esperando el momento en que todo se aquietará, y que ese momento quizá no llegue nunca. Pero intuimos que no siempre ha sido como ahora. Y ya lo sabemos, que la tecnología y la revolución digital tienen mucho que ver, pero nos gustaría, si tuviéramos tiempo, detenernos a leer o escuchar a los sabios que saben explicarnos qué diantre nos ha pasado.

Este placer agridulce es el que experimenté el lunes en una conferencia del filólogo y editor Raül Garrigasait. En una charla en el Palau Macaya, el helenista trazó un arco histórico que explicaba por qué en las mentalidades de la antigüedad griega, cristiana y medieval la aceleración carecía de sentido y no podía ser entendida como un valor. Lo cierto es que las formas premodernas de estar en el mundo asociaban la aceleración a la imperfección y la velocidad a una fuerza antinatural y diabólica. Y la cultura popular aún muestra su rastro: el diablo construyó su puente de Martorell en una sola noche. Pero con la modernidad todo esto empezó a cambiar. Para autores como Poe o Baudelaire, la experiencia estética debía ser una intensa excitación, una intensidad pasajera. Una descarga eléctrica. El tiempo dejó de entenderse como una estructura cíclica o lineal, pasando a ser puntillista. Si en el siglo XIX la droga de las élites era el letargo de la morfina, en el siglo XXI es la explosión reiterada de la cocaína. Y nuestra atención, que había sido contemplación, se transformó en algo mensurable, segmentable y cuantificable en la Segunda Guerra Mundial, cuando la psicología tuvo que estudiar la respuesta del personal militar a los estímulos de los radares bélicos. El camino hacia la monetización de la atención había quedado algo más allanado.

Quizá sea esta –una guerra silenciosa, un asedio frenético pero suave– la vivencia íntima de tantas personas que se quejan del móvil, del correo electrónico, de no encontrar el tiempo para ser ellos mismos, de no poder hacer hacia todo porque la tecnología nos hace accesibles en todo momento. Mientras, seguimos esperando el momento en que podremos interrumpir la carrera cotidiana, que queremos creer que es provisional y transitoria pero que nunca acaba de revelarse provisional ni transitoria porque no paramos de correr nunca. La tecnología, dice Garrigasait, es la traducción material del marco ideológico de nuestro tiempo. Habrá, pues, que cambiar el marco ideológico y, en este sentido, hay que reconocer que lo que también se está acelerando es la operación, desorganizada pero cada vez más amplia, de desprestigio de las redes sociales, de la que la prohibición a los menores de 16 años sería un estadio que ensaya la vía del estigma. Y también habrá que promover nuevas formas de tecnología que permitan una forma máspremodernade vincularnos con este mundo nuestro tan rasgado. No es poco, pero en compañía de los sabios se combate mejor.

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