Lo he hecho yo
Una estantería montada por nosotros mismos puede quedar ligeramente torcida. Una salsa preparada en casa puede resultar bastante peor que la del restaurante. Un dibujo de nuestro hijo puede carecer de proporción, perspectiva y cualquier parecido con el objeto representado. Nada de eso impide que lo contemplemos con orgullo. Es más, como algo casi insuperable. Especialmente, el dibujo del hijo.
Este fenómeno se conoce como "efecto IKEA", un término acuñado por los investigadores Michael I. Norton, Daniel Mochon y Dan Ariely. En sus experimentos comprobaron que las personas valoraban más los objetos que habían contribuido a montar o fabricar (cajas de IKEA, figuras de origami o piezas de Lego) que quienes no habían participado en su elaboración.
El efecto IKEA se explica porque incorporamos nuestro esfuerzo al resultado. El objeto pasa a contener una pequeña parte de nosotros.
Las empresas lo saben bien. Algunos productos llegan desmontados. Otros permiten elegir colores, añadir iniciales, combinar ingredientes o diseñar determinadas características. El cliente trabaja, pero experimenta ese trabajo como personalización. Cuanto mayor es su intervención, mayor será el vínculo con el resultado.
El fenómeno va mucho más allá de los muebles. Una comida sabe mejor cuando la hemos cocinado. Un viaje parece más valioso cuando lo hemos organizado durante semanas. Una idea empresarial nos entusiasma más si nació en nuestra libreta. ¡O servilleta de papel del bar! Incluso una planta en maceta produce mayor satisfacción cuando plantamos la semilla y observamos lentamente su crecimiento.
El esfuerzo lo vivimos como una inversión. Después de dedicar tiempo a algo, necesitamos pensar que ha valido la pena. Reconocer que el resultado es mediocre obligaría a admitir que desperdiciamos nuestro tiempo y que carecemos de destreza. Por eso aumentamos mentalmente la calidad del resultado.
El efecto IKEA puede utilizarse bien. Participar aumenta el compromiso. Los empleados se implican más en los planes que han ayudado a construir. Los alumnos recuerdan mejor las conclusiones a las que llegan por sí mismos. Los ciudadanos cuidan más los espacios en cuya mejora han colaborado.
Crear genera apego. El problema comienza cuando confundimos el cariño por el proceso con la calidad del resultado. A veces una estantería torcida sigue siendo una estantería torcida, aunque hayamos tardado toda la tarde en montarla.
En fin, somos humanos y estamos sometidos a decenas de sesgos. Descubrir estos sesgos nos obliga a evolucionar y perfeccionarnos como personas.
Espero que hayan disfrutado de esta serie estival dedicada a la conducta. La próxima semana volveré a la actualidad.