La hegemonía cultural del siglo XXI

Pensamos y tomamos decisiones desde marcos mentales condicionados por los medios de comunicación digitales y la agenda global, más que por la tradición o la esfera pública clásica representada por el entorno laboral y el familiar, los medios tradicionales o las redes informales y el espacio público. Todo el mundo tiene sus referencias culturales de cabecera, a menudo porque son las más citadas, o bien, simplemente, porque las encontramos fascinantes. Citar es, de alguna manera, reverenciar, hacer aparecer una determinada forma de hacer cultura y –¿por qué no?– de hacer país. Esta visión cultural de la cita choca con la visión académica y mercantil, que velan por convertirla en una métrica, la métrica en un ranking, y el conocimiento en una pole position. La bola de nieve de la citación cada vez se va haciendo más grande, y ya no se sabe si los autores se mencionan para crear una genealogía, para hacer penitencia intelectual, para alimentar un negocio privado basado en las revistas de impacto académico y los bestsellers, o un poco todo a la vez. Por eso, cuando pude entrevistar hace años a la filósofa Judit Butler, acabé preguntándole cómo podía escaparse de “Judit Butler”. La academia y los agentes del sector cultural y educativo actúan de filtro de burbuja cultural. Estos filtros se han convertido en un entramado que vela por posicionar en la agenda pública una serie de temas y autores. En el libro Márgenes de maniobra (2025, Bòlit) lo llamé "epistemología prémium", es decir, la capacidad y privilegio que tienen las instituciones culturales y educativas de generar formas de conocimiento y captar la atención pública hacia unos temas, un tipo de lenguaje y valores. Las políticas culturales y la academia orientan la creación hacia una agenda, este discurso queda ratificado por la prensa y las plataformas sociales, allí donde se encuentra con el mainstream –la cultura hegemónica– como principal lugar de producción simbólica y, por tanto, de generar cultura. Como en todo cultivo intensivo, pasado el furor, el tema se devalúa o vira hacia una baja frecuencia. El mainstream, sin embargo, no es el jefe de calle, sino que, debido al impacto que tiene el capitalismo de plataforma, podemos decir que es su motor de fondo. El capitalismo de plataforma, con sus redes y métricas, ha conseguido convertir el consumo cultural y la producción de conocimiento académico en datos y reintegrarlos para orientar el capital simbólico y la conducta de los usuarios, sus gustos y afiliaciones.

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¿Qué tienen en común, por ejemplo, Butler, Lasswell, Lippmann, Zuckerberg, Musk, la Agencia Wyley, la Universidad de Chicago, Yale, Harvard y la Philosophical Review? Su procedencia cultural. Tanto el filtro académico como el cultural como de las infraestructuras tecnológicas tienen una misma característica: la cultura que se comparte es, fundamentalmente, de raíz y titularidad angloamericana y anglosajona. De hecho, se estipula que más del 85% de las revistas situadas en lo más alto del ranking académico (según indicadores creados por empresas anglosajonas como el SJR), son anglófonas, por no hablar del prestigio universitario, de los monopolios de las big tech –incluyéndolos los que tienen que ver con la IA– que gestionan las plataformas sociales y las infraestructuras tecnológicas, o de las grandes estrellas del entretenimiento. Quizás, por eso, llevamos a los niños a aprender inglés y no chino o alguna lengua semítica, porque hemos aceptado, bajo la promesa de un trabajo mejor en un mundo peor, el imperialismo cultural. Hay que decir que los angloamericanos son excelentes a la hora de crear lo que Walter Lippmann llamaba "pseudoentornos", es decir, ficciones culturales atractivas capaces de crear consensos, de limar diferencias y fricciones culturales, pero también sus especificidades. Como miembros de una cultura y lengua minorizada como la catalana, este ecosistema nos debería hacer saltar algunas alarmas. También las grandes potencias intelectuales del pasado (Grecia, Italia, Francia, Alemania...) deben observar su propia decadencia ante el dominio cultural angloamericano.

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El cineasta Pasolini, cuando en los años sesenta hablaba de la "homologación cultural", hacía referencia a la aniquilación cultural producida por el capitalismo consumista norteamericano. Hoy aceptamos que nuestras academias, la agenda cultural y el capital simbólico tengan esta misma forma lingüística y cultural. Este hecho aleja nuestra sensibilidad y nuestras alianzas de otros países que nos son –histórica y culturalmente– más cercanos. Por todo ello, un grupo de filósofos e intelectuales europeos de diferentes generaciones (Laurent de Sutter, Krzysztof Katkowski, Ilan Manouach, Igor Štiks, Srećko Horvat, Andrea Colamedici, entre otros) hemos puesto en marcha el proyecto The Peripherical Constellation, para crear una plataforma de intercambio de ideas, de alianzas intelectuales y hospitalarias, con el objetivo de conocer mejor el capital intelectual y humano de las periferias culturales, sobre todo las europeas, y contribuir a su producción y circulación. Podríamos decir que el mundo entero se ha convertido en una periferia de la cultura angloamericana. ¿Qué sabemos de Albania, Serbia, Ucrania, Finlandia, Italia, Montenegro? Actualmente hay muchas iniciativas transnacionales que funcionan como nodos estratégicos para transformar las infraestructuras intelectuales y culturales, a pesar de que el inglés sea, de nuevo, la lengua vehicular, pero no la agenda ni sus miembros. The New Center of Research and Practices, The New Institute, Global Dialogues, The Autonomy Institute… son solo algunos pocos ejemplos, por no hablar de innumerables iniciativas culturales y educativas con vocación nacional que se pueden expresar en su propia lengua.Salvando las distancias, otros países que distan mucho de poderse considerar democracias, como Arabia Saudí, lo están haciendo de manera institucional y capitalista como una transición de modelo socioeconómico, pasando de una economía centrada en los combustibles fósiles a la construcción de una potencia intelectual y tecnológica. Crear plataformas tecnohumanas soberanas es importante. El pensamiento situado también era esto: asumir las consecuencias del modelo cultural que decidimos crear, mantener o sostener. La supervivencia de las lenguas y culturas europeas, o de todas las culturas no hegemónicas, dependerá de la solidez, la diversidad, la forma y la autonomía de sus redes e infraestructuras tecnológicas, culturales e intelectuales.