En el ARA, un reportaje sobre los jóvenes que malviven en Ceuta, venidos de Marruecos, nadando, da la palabra a un joven, que “no quiere volver a Marruecos, donde asegura que es imposible ganarse la vida. Que el sueldo en su país es bajo”.
En España los impuestos y los sueldos son los mismos para todos. Un autónomo catalán pagará los 300 euros de mínimo al mes y un autónomo andaluz también. Un trabajador de supermercado, un jardinero, cobrarán lo mismo aquí que allí. Pero los servicios que puede haber en Cataluña (cafeterías, restaurantes, vivienda, ropa...) son mucho más caros que los que puede haber allí. Cataluña es un destino “turístico”. El precio que se paga por un café es proporcional al precio que se paga por tener terraza. Un café en nuestra casa es muy caro, según dónde. Mucho. Sobre todo está el precio de la vivienda. Si todos los millonarios de Europa quieren vivir en Barcelona, Gerona, Mallorca, Menorca e Ibiza, la Costa Brava, los indígenas no cabemos.
Tiene razón este chico con los sueldos bajos de Marruecos, pero habría que mirarlo en global. Imaginemos un sueldo de 2.000 euros en Cataluña; el sueldo de un maestro, o fontanero o cocinero. Paga como mínimo 800 euros en concepto de vivienda (digo muy poco). El teléfono, la luz y el agua, la compra semanal, mucho más cara que en otros lugares, el transporte, caro y malo, del coche o la moto que se pueda estar pagando. Esto si vive solo. Si no vive solo y tiene hijos, socializará los gastos, pero tendrá de nuevos como las actividades extraescolares, la gasolina derivada de llevar a los niños a competir, un profe de repaso, ropa para gente que crece... Y los autónomos, si es el caso. Un marroquí puede tener un sueldo muy bajo, de 800 euros, imaginemos, pero ser más rico que un catalán, porque descontado el alojamiento y la comida, así como el —pongamos— gimnasio, ocio y transporte, resulte que le queda más. Quiero decir con esto que habría que ver la cuestión fundamental: qué vale alquilar o comprar un piso allí donde vive este chico.