Hemos renunciado al efectivo
Yo no sé ustedes, pero hace tiempo que salgo de casa sin efectivo. Y no me refiero a bajar a comprar el pan. Me refiero a coger un AVE, irme a Madrid, pasar allí todo el día y volver sin una sola moneda en la cartera. Ni un billete. Nada. Como mucho, una tarjeta. Y muchas veces ni eso: el móvil. Supongo que eso era el progreso. Por eso tiene algo de comedia que ahora el Banco Central Europeo nos recomiende tener dinero en efectivo en casa. No mucho. Entre 70 y 100 euros por persona, más o menos lo que haría falta para aguantar 72 horas en caso de emergencia. Es decir, el mismo sistema que hace años que nos empuja hacia un mundo cada vez más digital, más trazable y más dependiente de pantallas, redes, baterías, llaves y plataformas, ahora nos pide que guardemos unos cuantos billetes en un cajón por si todo este prodigio técnico se va al traste durante tres días. La noticia tiene gracia. Primero nos acostumbran a no tocar dinero. Después convierten el efectivo en una reliquia un poco incómoda, incluso sospechosa y mal vista. Después cierran cajeros, reducen oficinas, naturalizan que pagar sea deslizar un dedo sobre una pantalla. Y, cuando el proceso ya está bastante avanzado, nos advierten: “No se olviden de tener un poco de efectivo por si acaso”. ¿Por si acaso qué? ¿Por si acaso falla justo aquello de lo que ahora depende casi todo.El BCE lo explica con lenguaje técnico: resiliencia, contingencia, continuidad operativa. Todo muy creíble. Pero traducido al castellano de cada día significa algo bastante simple: tengan efectivo, porque sabemos que el sistema puede fallar. Y cuando falle, no comerán con un password. A mí lo que más me llama la atención no es que nos digan que tengamos efectivo en casa, es que lo hayan tenido que decir. No demuestra que las autoridades estén renunciando al dinero digital. Demuestra justo lo contrario: que saben perfectamente hasta qué punto hemos entregado nuestra vida cotidiana a una infraestructura de pagos y cobros que no controlamos. Tanto es así, que hacen público un plan de contingencia que consiste en volver, durante 72 horas, a algo que se suponía despreciable y antiguo. No nos lo recomiendan desde el punto de vista cotidiano, sino como un botiquín monetario, como quien aconseja tener linternas, pilas o latas de conserva. De verdad, me hace reír. Pongan 100 euros en su kit de emergencia para apagones.El mensaje: no es que el efectivo continúe vivo; es que hemos avanzado tanto hacia su irrelevancia cotidiana que el banco central ha tenido que recordarnos que el dinero de verdad (el que sirve cuando el resto falla) todavía existe, y que deberíamos intentar tener un poco en casa. Somos una sociedad que, efectivamente, ya ha renunciado al efectivo.