Por qué tu hijo no tiene un Jordi Wild de izquierdas
La victoria de la ultraderecha en las redes es tan abrumadora que se está imponiendo un relato demasiado derrotista sobre internet. En Estados Unidos hace muchos años que se preguntan por qué no sale un Joe Rogan de izquierdas, y lo equivalente nuestro sería preguntarse lo mismo con Jordi Wild. Se trata de dos presentadores de podcasts extremadamente populares entre los adolescentes en los que se mantienen conversaciones largas con invitados muy diversos y se mezcla entretenimiento, curiosidad y política, siempre con un gran sesgo a favor de las tesis de las nuevas derechas. Los números de Rogan en particular y la machosfera en general son tan grandes en comparación con las alternativas progresistas que buena parte de la izquierda americana ha culpado a este mundo digital de la reelección de Donald Trump, al igual que aquí cada vez que Vox escala en intención de voto sentimos editoriales blasmando los algoritmos de Elon Musk. Esta semana pasada los argumentarios han vuelto a circular a raíz de la gala de los Army Awards que presentaba Santiago Segura, unos antipremios que reconocen de forma irónica a las figuras de internet y los momentos más virales del año y que han levantado polémica porque varios nominados abandonaron la velada denunciando el ambiente insoportablemente facha que se respiraba.
De entrada, la cobertura mediática de este mundo lleva años centrada demasiado en el diseño pérfido de las redes sociales e ignora los factores socioeconómicos que hacen que la gente responda a este tipo de contenido. Los mensajes radicales han existido en todas las épocas y formatos, pero dependen de crisis políticas reales para encontrar un público receptivo y, aunque hay que reconocer que la arquitectura de las plataformas es un factor que contribuye a ello, no debe confundirse con la causa principal hasta el punto de creer que existe una incompatibilidad metafísica entre internet y la formación de una. Si tantos jóvenes están dejando de creer en la democracia liberal y el estado del bienestar tendrá más que ver con una experiencia de la realidad que con cantos de sirena de youtubers pintorescos.
Quiero poner énfasis en "formación de identidad", porque otro error que solemos cometer los que mantenemos nuestra conversación en el reino de los diarios serios es pensar que existe un problema de noticias falsas que se puede combatir con una mezcla de censura y contenido verificado. Pero Antoni Bassas no puede ser una alternativa a Jordi Wild porque estamos hablando de lenguajes y funciones completamente distintas. El mundo de los influenciadores y los podcasts de ultraderecha no es el de adultos estables que producen y buscan discursos claros y rigurosos, sino un magma incontrolable de adolescentes en transformación que buscan identidad, comunidad y sentido.
El artista e investigador cultural Joshua Citarella explica que internet funciona "como un ecosistema de radicalización gradual, no como un espacio donde la gente se vuelve extrema de golpe", y utiliza la metáfora del embudo, una pendiente resbaladiza con distintos grados de radicalización que comienza con un adolescente que busca entretenimiento apolítico, resonancias emocionales y de ultraderecha que primero se toma en broma hasta que, finalmente, se identifica por completo.
La gracia de Citarella es que, a pesar de ser un activista de izquierdas, o precisamente por eso, es muy crítico con la forma en que la izquierda ha abandonado las subculturas y ha pasado a hablar en un lenguaje institucional y burocrático, a tratar a las personas como problemas a gestionar ya ofrecer crítica sin pertenencia, alegría ni mito. "La izquierda necesita producir estéticas convincentes, tomarse en serio la ironía, el humor y la ambigüedad, permitir la contradicción y la experimentación, aceptar que la política en internet es desordenada y no todo puede sonar como un argumentario de ONG" escribe en su Substack.
Todo ello es importante porque se está imponiendo que un Jordi Wild de izquierdas o no es necesario, o bien es imposible. Pero lo cierto es que, por más veces que me encuentro escrito que la batalla de las redes está perdida porque la izquierda es intrínsecamente compleja y racional, mientras que la derecha es esencialmente simple y emocional, ese argumento nunca es capaz de convencerme. Desde mi punto de vista, lo que diferencia la ultraderecha de las alternativas decentes es nada menos que el análisis sistémico, la explicación sobre cuáles son las verdaderas causas de nuestros problemas y cuáles serían las soluciones, si la culpa de nuestros males son los inmigrantes que conspiran para sustituir la cultura de los países que los acogen o de la élite que se queda la repartirla.
Naturalmente, esta última dicotomía la he elaborado de manera simplista, efectiva e interesada, que es exactamente el tono de que con los activistas digitales de derechas hace lustros que construyen máquinas de socializar adolescentes y que la izquierda, incomprensiblemente, cree que no puede ni debe combatir con las mismas armas. Haber perdido la batalla de internet en los últimos años no debería llevar a la rendición, sino a luchar mejor.