Es la hora de los adioses

Ha comenzado la temporada de los adioses. La gente se despide o la despiden. Las etapas terminan porque nada dura para siempre. Somos animales de costumbres, pero hay quien necesita romper las rutinas más a menudo que otros. También hay quien espera que se las rompan. No se puede decir que sea ni mejor ni peor. Decir adiós voluntariamente es fruto de una toma de decisiones,pero las despedidas, aunque las hayas meditado, no son fáciles. Tampoco lo es digerir que te despidan. Es tiempo de lágrimas, de gratitud y de decepciones. Es época de cerezas y de amargos. Pero más allá de las despedidas más sonadas, y aprovechando que se acerca la temporada de verano, aunque, climatológicamente hablando, ya hayamos entrado de lleno, sería maravilloso poder despedirse de las ataduras perpetuas con que nos asalta la actualidad permanentemente. Liberarnos de pesos endémicos que solo hacen que labrar de desesperanza un mundo que podría estar más lleno de entusiasmo. Optimizar esta época de parada y de cambios para hacer limpieza.  

Podríamos decir adiós a estas calores tempraneras que los negacionistas del cambio climático atribuyen a directrices divinas; o despedirnos de la corrupción política y el cinismo, que hace que digamos adiós al fuego para caer a las brasas. También podríamos perder de vista a los expertos en cualquier cosa que se sientan cómodos sobre sus sentencias o mandar a paseo a aquellos que proclaman estar a favor de las huelgas, pero que una cosa es hacer huelga y otra cortar carreteras y que, claro, esto acaba molestando al resto de personas que intentan hacer su trabajo y pierden la empatía con su causa (¿Qué demonios entienden por huelga? ¿Pedirles permiso a ver si les va bien la protesta? ¿Huelga a la carta?) Podríamos deshacernos de los excesos testosterónicos que enaltecen unos valores caducados y persisten en una violencia arraigada que solo llama a la destrucción perpetua. Sería bueno despedir la presión angustiosa de tener que estar siempre en todas partes y con ganas, como si perdernos lo que está de moda quisiera decir estar muerto. Podríamos decir adiós a las contradicciones artísticas que comporta reivindicar la identidad de un pueblo y al mismo tiempo colaborar con una empresa que se ha cargado, entre otras, una industria textil que también formaba parte de la identidad de un pueblo. Sería maravilloso desembarazarse para siempre de la multitud de premios ridículos e innecesarios que fomentan la competitividad malsana y enaltecen la mediocridad tan anhelada por un poder raquítico. Y sobre todo, despedir en el silencio más estricto todo el ruido que nos rodea: el de las calles y las casas, el de los discursos sin escrúpulos, los de los nervios de una cotidianidad que nos exaspera, el sonido estridente que acompaña la falta de respeto. 

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Digo yo que no hace falta esperar a los Reyes Magos para hacer una carta de deseos, que puede ser mucho más larga que un artículo corto. Ni siquiera hace falta esperar esa época para despedirse. Incluso se puede hacer en invierno, con elegancia, marchando con la discreción de quien está satisfecho con sus deberes y sus placeres y no tiene la necesidad de presumir ni de una cosa ni de la otra. 

Muchas despedidas hacen llorar. Incluso solo de verlas, sin conocer de nada a los protagonistas. De la misma manera que constatar que quienes se aferran a una silla que no les pertenece te hacen revoltar. A menudo cada uno se despide como puede. Y cuando te vas, si necesitas ambicionar algo, es que te echen de menos. Pero es mejor no tener expectativas. En las despedidas y en general. Y sabiendo que todos juntos un día u otro acabaremos marchándonos, es esencial aprender a decir adiós.