Houston, tenemos un problema
La proporción de adolescentes norteamericanos que en las pruebas PISA no han alcanzado ni el nivel necesario para entender una factura ha aumentado claramente durante la última década.
Y quien dice Houston, dice medio mundo: a los estudiantes occidentales les cuesta entender lo que leen. Más aún, la proporción de "lectores precipitados" –estudiantes que leen por encima las preguntas del examen y dan respuestas incorrectas– se ha casi duplicado en siete años en el conjunto de los países. ¿A alguien le extraña, teniendo en cuenta la velocidad a la que devoramos los contenidos en las redes?
Estamos al cabo de la calle: los expertos atribuyen parte de la bajada general al aumento de las pantallas en nuestra vida, de modo que los alumnos se distraen más fácilmente y leen menos por placer. Pues exactamente igual que los adultos. Aquí no hay quien se concentre ni viendo un partido de fútbol, que se supone que los aficionados miran por placer.
Aquel inmenso escritor y pedagogo que fue Emili Teixidor me admitió más de una vez que si él leyó mucho en su infancia fue porque lo único que le salvaba del aburrimiento eran los libros. Que si hubiera habido televisión, ahí se habrían quedado los libros.
En las aulas seguro que faltan más y mejores profesores, pero para conseguir que los alumnos hagan el esfuerzo que hace falta para estar sentados en silencio escuchando las explicaciones, o en casa haciendo los deberes, o leyendo un libro con la seguridad de que encontrarán un disfrute, hace falta que eduque toda la tribu, empezando por los padres con su ejemplo y su marcaje individual. Si no lo hacemos así, vamos hacia una sociedad incapaz de razonar y de conversar, y fácil de engañar.