La IA ya cambia la economía

La inteligencia artificial promete revolucionar la productividad, el trabajo y, posiblemente, nuestra manera de vivir. Hace pocos días, en estas páginas, Andreu Mas-Colell reflexionaba sobre el futuro del trabajo y Cal Newport se preguntaba si acabaremos extinguiéndonos. No son debates menores.

Pero antes de que la IA transforme el mundo, ya está transformando la economía. Y, de momento, no lo hace tanto por las ganancias de productividad que genera como por las inversiones que está movilizando. Esto es especialmente visible en Estados Unidos, donde la IA se ha convertido en el principal motor del crecimiento gracias a las inversiones colosales en programadores, chips, centros de datos y energía. Meta, por ejemplo, construye un centro de datos que podrá consumir tanta electricidad como toda Cataluña y que ocupará más espacio que todo el Ensanche de Barcelona.

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A este empuje se le añade un segundo mecanismo. Las bolsas han subido fuertemente y buena parte de este aumento está vinculado a las expectativas generadas por la IA. Cuando los inversores ven crecer el valor de sus activos, tienden a consumir más. Es el conocido efecto riqueza, que contribuye a estimular la actividad económica. En cuanto al empleo, el balance agregado en Estados Unidos es positivo. Hasta ahora, la demanda de ingenieros, técnicos, electricistas y trabajadores de la construcción ha compensado de sobra las pérdidas en algunas ocupaciones.

El impacto de la IA no se limita al crecimiento y al empleo. También está dejando huella sobre la inflación americana. A largo plazo podría ayudar a moderar los precios gracias a las ganancias de productividad. Sin embargo, hoy en día la demanda de electricidad y las necesidades de infraestructuras presionan los costes al alza. Sobre la cuestión energética debemos tomar nota. Si la transición energética ya exige ampliar de manera significativa la capacidad de generación y las redes eléctricas, el despliegue de la IA intensifica esta necesidad.

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Las consecuencias de la IA se dejan notar también en los tipos de interés a largo plazo, que han aumentado. Al fin y al cabo, estos tipos reflejan el equilibrio entre la oferta de ahorro y la demanda de inversión. Y esta demanda se ha disparado. Este movimiento coincide con otros dos factores que también presionan las rentabilidades al alza: la retirada gradual de la liquidez inyectada por los bancos centrales durante la pandemia y la persistencia de déficits públicos muy elevados en diversos países. Los Estados Unidos son el ejemplo más evidente, pero también encontramos al Reino Unido, Francia y Japón. España no destaca negativamente por el déficit, pero continúa teniendo un nivel de deuda relativamente alto que conviene reducir.

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La IA también plantea una pregunta inevitable: ¿estamos ante una nueva burbuja? Yo no lo sé, y pienso que todavía es pronto para saberlo. Las expectativas asociadas a la IA podrían acabar decepcionando por dos vías diferentes. La primera es que las ganancias de productividad sean menores o lleguen más tarde de lo que se espera. La segunda es que, incluso si estas ganancias se materializan, las empresas de IA no sean capaces de cobrar unos precios lo suficientemente elevados por sus servicios y rentabilizar las inversiones que han hecho.

Y las expectativas actuales son enormes. Las diez principales empresas vinculadas a la IA, todas americanas, suman una valoración aproximada de 30 billones de dólares. Es casi cuatro veces más de lo que valían cuando ChatGPT irrumpió, en noviembre de 2022, y cincuenta veces superior a la capitalización de la empresa más valiosa de Europa, la holandesa ASML. Si, en algún momento, las expectativas se revisaran a la baja, las cotizaciones caerían y, a la vez, se reducirían las inversiones vinculadas a la IA. Los dos efectos actuarían en la misma dirección: menos crecimiento económico, especialmente en los Estados Unidos.

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También conviene vigilar los riesgos para la estabilidad financiera. Algunos observadores sostienen que la concentración de las inversiones en un grupo reducido de empresas y con inversiones cruzadas entre ellas aumenta estos peligros. Tiendo a pensar lo contrario. El hecho de que una parte muy importante del gasto recaiga sobre gigantes tecnológicos con balances sólidos y una capacidad extraordinaria de generar beneficios puede reducir los riesgos habituales asociados a las burbujas.

Otra pregunta importante es: ¿quién asume el riesgo en el resto de la cadena? ¿Quién se endeuda para construir infraestructuras, proveer servicios o aprovechar el boom de la IA sin disponer de balances tan sólidos o contratos que ofrezcan perspectivas de ingresos lo suficientemente buenas? Es aquí donde probablemente habrá que vigilar con más atención. La cuestión no es qué pasará con las grandes tecnológicas, sino quién está apostando detrás de ellas sin disponer de la misma capacidad para absorber posibles errores.