Bill Gates, cofundador de Microsoft
05/09/2026 - 19:02 h.
Economista, UPF y BSE
3 min

Nos preocupa que la IA provoque una destrucción masiva de puestos de trabajo. Voces influyentes y sensatas –la última, la de Bill Gates– nos dicen que quizás esta vez será diferente y que cuando la sacudida de la transición tecnológica se estabilice veremos que no se han creado puestos de trabajo en número suficiente para sustituir a los desaparecidos. A continuación señalo algunos de los factores que pueden incidir sobre esta posibilidad.

1. La IA puede ser el origen de grandes beneficios para la humanidad. Ofrece la perspectiva de economías mucho más productivas (en términos netos que deben tener en cuenta la necesidad de minimizar los costes ambientales) y de generar una prosperidad que el mundo, en su conjunto, agradecerá. Ciertamente, sería bueno ralentizar su avance para dar la oportunidad de hacerlo bien, pero desgraciadamente no será posible. No lo permitirán ni la competencia de suma cero de la defensa ni la competencia de suma positiva del comercio internacional. Si Europa exporta al mundo y un competidor chino, o norteamericano, de una empresa catalana abarata costes con la ayuda de la IA, tocará hacer lo mismo en nuestra empresa, lo cual nos indica que la destrucción de puestos de trabajo en el sector de bienes y servicios internacionalmente comerciables, es decir, que tienen por mercado el mundo, es imparable.

2. Un factor de gran relevancia es la evolución de las ideas respecto a hasta qué punto los ingresos personales deben depender del trabajo. La asociación histórica entre ingresos y trabajo ya se ha ido diluyendo por la tendencia secular hacia la incorporación de ingresos por rendimiento del capital (las pensiones se pueden ver bajo esta luz) y, sobre todo, por los servicios públicos subvencionados, que lo hacen en especie. Es muy deseable que la tendencia continúe. Incluso la perspectiva de una renta universal de ciudadanía, dentro de una economía muy productiva, no es impensable. Personalmente, sin embargo, no creo que sea deseable romper completamente el acoplamiento del “recibir de la sociedad” y del “contribuir a la sociedad”. Tanto porque pienso que es mejor construir el contrato social sobre esta base como por el escepticismo de que la IA elimine completamente el papel de los incentivos. A mi parecer, el futuro llevará a un aumento de los ingresos por capital (no me pronuncio sobre la magnitud) y al hecho de que los ingresos no por capital se organicen alrededor de algunos principios simples: unos ingresos decentes para quien no pueda trabajar, unos ingresos mínimos –de subsistencia– para quien no quiera trabajar, una garantía de ingresos decentes para todo el mundo que trabaje (que se puede implementar, por ejemplo, mediante lo que se conoce como un impuesto negativo sobre la renta) y, por encima, los ingresos derivados de los contratos laborales hoy habituales.

3. La pregunta de si habrá suficientes puestos de trabajo la podemos enfocar desde dos vertientes: la del desarrollo normal de las fuerzas de la oferta y la demanda y la de la regulación. La oferta incluirá los puestos de trabajo que la IA no ha podido destruir y los nuevos que se generen a raíz de la IA. No me atrevo a hacer predicciones al respecto. En cuanto a la demanda, mi opinión es que en los sectores económicos no internacionalmente comerciables –es decir, no orientados a la exportación– habrá una demanda importante de servicios específicamente humanos. No querremos ser cuidados solo por robots. Más probablemente, por humanos con robots. Además, en la medida en que vivamos en economías prósperas nos podremos permitir, y quizás preferiremos, trabajar 15 horas por semana. Lo anticipó Keynes (en el mismo discurso en el que introdujo la noción de desempleo tecnológico) hace cien años, aunque él lo esperaba para nuestro hoy. Quizás solo se equivocó de previsión temporal y necesitamos añadirle unos cuantos años más. Espero que no cien más. Finalmente, es evidente que la demanda de trabajadores se puede inducir. Por ejemplo disponiendo (si nos lo podemos permitir) que la jornada laboral se limite a tres horas. O, como comenta Gates, quizás hará falta requerir que ciertas tareas las realicen humanos. Esto se puede hacer de una manera cruda o sutil y moderadamente justificada. Hay bastante margen en las necesidades de supervisores humanos. Si lo hacemos en los sectores no internacionalmente comerciables y solo en estos (sin afectar, por tanto, muy directamente la competitividad de la economía) pienso que puede ser un compromiso razonable para evitar una economía donde los ingresos de una parte desproporcionadamente grande de la población queden desconectados del trabajo.

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