Diez años después, ¿para qué debe capacitar la educación?

La escuela Fructuós Gelabert, situada en el Eixample, es uno de los centros que forma parte del programa Escola Nova 21.
17/09/2026 - 18:00 h.
Presidente de CATESCO
4 min

Este septiembre hace diez años que se puso en marcha el programa Escuela Nueva 21, una alianza de tres cursos que movilizó a medio millar de centros públicos y concertados para actualizar el sistema educativo. El aniversario coincide con la preocupación por los resultados de PISA 2025 y nos hace recuperar una pregunta de fondo: ¿cómo puede la educación capacitar mejor a los niños y jóvenes para comprender el mundo de hoy, desarrollarse en él y contribuir a transformarlo?

Entre 2015 y 2025, las competencias medidas por PISA han bajado, tanto en Cataluña y el Estado español como en el conjunto de la OCDE. Es un fenómeno multicausal. En él confluyen la covid, la transformación digital, más recientemente la IA –capaz de resolver ejercicios, elaborar o resumir textos, o responder exámenes–, junto con la desigualdad y la diversidad, que requieren más recursos.

Escuela Nueva 21 nació en 2016 poniendo el foco en el propósito educativo, tomando como referencia Educación 2030 de la Unesco: garantizar a todos los niños y adolescentes un aprendizaje capacitador para el mundo de hoy, con altas expectativas y sin dejar a nadie fuera. Esto implica vincular esfuerzo, perseverancia y rigor a aprendizajes con sentido. En un contexto en el que la IA resuelve cada vez más tareas, es todavía más importante entender por qué se aprende y ver que el esfuerzo vale la pena.

Por eso, el aprendizaje basado en la indagación parte de preguntas, problemas y retos que dan sentido a aquello que se aprende. El objetivo es equipar a todos los alumnos con competencias –conocimientos, habilidades, actitudes y valores– para construir su proyecto de vida y afrontar los retos actuales. Es también lo que mide PISA: hasta qué punto saben movilizar lo que aprenden para comprender, razonar y resolver situaciones.

En esta línea, Escola Nova 21 partió del buen trabajo que muchas escuelas e institutos ya hacían, poniendo en valor prácticas curriculares y contrastándolas con la investigación y las recomendaciones de la Unesco y la OCDE. Y, sobre todo, confiando en docentes y centros: implicándolos, capacitándolos y promoviendo el aprendizaje colaborativo fundamentado. Se enfatizaba que alcanzar aprendizajes profundos exige superar la recepción pasiva y la reproducción a corto plazo para construir y movilizar conocimiento, integrando memorización, práctica y automatización. PISA 2025 señala dificultades crecientes para mantener la atención en tareas exigentes: leer textos largos, integrar y evaluar información o reflexionar. En un entorno digital, los alumnos –como muchos adultos– tienen más dificultades de enfoque, mientras que la curiosidad, la motivación y la perseverancia disminuyen.

La pretensión de Escola Nova 21 no era transformar el sistema en tres años, sino cambiar la mirada sobre el propósito y el aprendizaje, empoderar a los docentes, mejorar la práctica docente y validar procesos de cambio escalables, con centros de referencia que mostrasen cómo avanzar. Quizás la movilización generó el espejismo de un cambio rápido e irreversible, una expectativa guiada por el deseo pero que no era lo que proponíamos.

El programa se concibió como un laboratorio colaborativo para cambiar la política pública: prototipar, pilotar, evaluar y, si funcionaba, escalar. Treinta centros representativos siguieron un proceso de cambio monitorizado, con formación docente, para aprender cómo actualizar un centro y mejorar sus prácticas. Paralelamente, cerca de 500 centros en 60 redes territoriales con el apoyo del mundo local compartían experiencias y revisaban sus proyectos con la Rúbrica de Cambio Educativo, elaborada con el departamento e Inspección. Si bien aquel empuje no tuvo continuidad en una actuación pública sistémica de una ambición comparable, ninguna otra iniciativa en las últimas décadas ha abordado con esta escala e intensidad la actualización del conjunto del sistema educativo.

Diez años después, todavía cuesta convertir aprendizajes y evidencias en una política sostenida más allá de los ciclos electorales. Es necesario invertir en calidad docente: selección, formación, desarrollo profesional y organización. Las oposiciones –el actual sistema de selección– no permiten valorar competencias profesionales, y la provisión por antigüedad dificulta equipos coherentes con cada proyecto de centro. Anular el decreto de plantillas sin alternativa erosiona esta capacidad. También es necesario extender la evaluación competencial –como la de PISA–, que todavía es minoritaria, y orientar más recursos allí donde sean prioritarios.

El año 2020, entidades y responsables reclamamos, sin éxito, un acuerdo transversal para un plan de actualización del sistema educativo a diez años, con el 2030 como horizonte. Estonia, con estrategias hasta el 2035, y Finlandia, con visión 2040, lo han hecho, apostando por la continuidad. Actualizar el sistema exige una mirada de largo plazo, capaz de adaptarse a los cambios sociales, tecnológicos y educativos sin quedar atrapada en los ciclos electorales.

Debemos volver a preguntarnos cuál debe ser el propósito de la educación hoy y hacer que el sistema sea coherente con ello, superando lógicas pensadas para una sociedad que ya no existe. Y hacerlo, como decía Ferrer i Guàrdia, poniendo los intereses de los alumnos por delante de cualquier otro. Diez años después de Escola Nova 21, con la covid, el cambio social y la IA de por medio, es necesario redefinir cómo la educación puede capacitar mejor a los niños y jóvenes para comprender el mundo de hoy, desarrollarse en él y contribuir a transformarlo, y orientar hacia ello al conjunto del sistema reforzando a los docentes y centros que ya avanzan en esta dirección. Porque, en educación, no hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige.

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