Exámenes en la facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona
11/09/2026 - 18:00 h.
Profesor universitario y ensayista
4 min

El informe PISA de 2025 retrata el fracaso educativo en Occidente de manera muy contundente. Dentro de los países de la OCDE, que es quien encarga el informe sobre las competencias en ciencias, lengua y matemáticas de los estudiantes de quince años, sitúa a la cola en casi todo a España, que va descendiendo informe tras informe. Un dato significativo es que, a esta edad, los estudiantes españoles llevan un curso de retraso respecto a la formación en Gran Bretaña, que tampoco es gran cosa. Ahora todo el mundo se lleva las manos a la cabeza y pide soluciones a un tema que es complejo y en el cual hemos llegado donde estamos porque hace demasiado tiempo que miramos hacia otro lado. La misma OCDE ahora dice que está preocupada, cuando es quien impuso la deriva educativa de las dos últimas décadas, impulsando una educación solo pensada para adquirir habilidades adecuadas para adaptarse al mercado laboral, reclamando, como así ha sucedido, que el conocimiento y el saber fueran desapareciendo de los currículos por innecesarios. De hecho, el mismo estudio PISA está hecho desde esta perspectiva puramente funcionalista de la educación, centrada en las competencias y no en conocimientos. Fijaos en que las ciencias sociales y las humanidades no son ni siquiera motivo de evaluación y estas materias han ido quedando desplazadas de los programas educativos.Por desgracia, el fracaso del sistema educativo no es solo ni principalmente a los quince años, sino que es profundo en todas sus etapas hasta llegar a la universidad. Es sistémico. En él confluyen muchos factores, pero la clave de bóveda está en la filosofía de la educación que se ha impuesto en las últimas dos décadas. Ciertamente, la profusión de pantallas ha destruido la capacidad de atención y el proceso de trabajo de los jóvenes y no tan jóvenes que se pasan la vida en una realidad virtual. Las herramientas tecnológicas han sustituido el esfuerzo y la disciplina inherentes al aprendizaje. La irrupción de la IA ha acabado por dinamitarlo todo. Las herramientas simulan que aprendemos cosas, pero en realidad nos instalamos en la ignorancia práctica.

El problema principal, sin embargo, radica en la corriente pedagógica convertida en sistémica del constructivismo. Una mala asociación entre la filosofía del conocimiento y la psicología que ha acabado por convertir las aulas en ámbitos focalizados en la individualidad, la emocionalidad y el yo, y no en el saber. Se ha dicho que adquirir saberes es inútil para el mundo que viene, se ha desterrado todo lo que era memorístico, se ha renunciado al patrimonio de conocimiento acumulado en nombre de un pragmatismo que afirma que es el niño el que debe llegar al conocimiento y especialmente desarrollar habilidades a partir de su descubrimiento. Se ha pedido a los maestros, a los profesores, que hagan de sujetos pasivos, de animadores en unas aulas vaciadas de exigencia y de patrimonio cultural y de conocimiento que los estudiantes merecen adquirir, no para ser futuros trabajadores dóciles y adaptables, sino para ser personas con capacidad para desarrollar una vida libre y autónoma disfrutando del conocimiento.La posmodernidad educativa ha hecho mucho daño. No hacen falta los informes PISA. Lo pueden explicar si se les consulta a los miles y miles de profesores de básica, de secundaria o bien de la universidad. El predominio de la ignorancia en aspectos de cultura general, la bajada continuada de niveles de exigencia que la misma administración educativa impone, el síndrome del impostor para hacer jugar a los profesionales en una farsa que nos lleva, que ya nos ha llevado, a una mera cultura del entretenimiento, con mucha opinión pero sin ningún criterio. La situación de la lectoescritura, que lo es todo en el progreso del conocimiento, reducida a la nada cuando los libros han sido prescritos igual que la obligación de leerlos en toda la dimensión educativa, sustituidos por pantallas inútiles que transportan contenidos deplorables. El fracaso de larga duración del sistema educativo es nuestro fracaso como sociedad democrática. Tenemos ya claras evidencias. No hace falta especialmente mejorar en los rankings, sino restaurar un sistema educativo de verdad al servicio del conocimiento y de la sociedad.En Cataluña la vergüenza es doble. El falseamiento de las pruebas al eliminar el 23% de los peores estudiantes es claramente aquello de hacerse trampas al solitario. Probablemente, si se pudieran comparar, estarían a la cola de las comunidades autónomas. La evidencia del fracaso también de eso que se ha llamado la escuela inclusiva. Poner en una misma aula estudiantes de niveles tan diversos, necesidades educativas especiales y lenguas y culturas diferentes con incorporaciones a medio curso lo hace imposible. Se quiere una escuela inclusiva sin recursos adicionales, con un maestro gestionando veinte situaciones y menús formativos a la vez. La falta de previsión y recursos se carga sobre unos maestros a los cuales solo les queda la salida de la baja por burnout, el abandono o bien movilizarse. Afrontar la recuperación educativa es, probablemente, el tema político más relevante que tenemos. Hace falta debate social y político, y acuerdos. Pero especialmente deshacerse de los encumbrados gurús pedagogistas que nos han llevado hasta aquí.

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