IA para escribir ficción y artículos?

Hace unos días, la premio Nobel de literatura Olga Tokarczuk comentaba que había utilizado inteligencia artificial para la investigación de su nuevo libro. Poco después, un relato ganador del premio Commonwealth recibía numerosas acusaciones de haber sido producido con IA. Ahora el tema nos toca más de cerca: después de ser acusado de plagio en X, Antoni Gelonch ha tenido que reconocer que ha utilizado la IA para escribir un artículo.El test de Turing no había estado nunca tan en boca de todos: ¿esto lo ha escrito una mente humana o una mente digital? No es extraño, sin embargo, que cada vez nos resulte más difícil discernir entre unos tipos de mentes y otras. Al fin y al cabo, las mentes digitales se construyen a partir de todo lo que han creado los humanos a lo largo de los milenios. En las últimas décadas, hemos puesto un énfasis desmesurado en la productividad y hemos ido dando más protagonismo a la sistematización y la estructura, incluso en las esferas consideradas más creativas. Hay incontables guías y manuales en lengua inglesa sobre cómo escribir artículos, ensayos, poesía, narraciones, novelas o tesis doctorales, sobre cómo llevar a cabo una investigación o cómo dar charlas que seduzcan al público. Hemos medido y limitado el tiempo y los carácteres, hemos diseñado las estrategias más adecuadas para ejecutar cada tarea, hemos creado cursos para absolutamente todo. La IA pone de relieve que gran parte de lo que hacemos es –o se ha vuelto– notoriamente mecánico: por eso las máquinas pueden hacerse pasar, con cierta facilidad, por nosotros. Cuando estos días reflexionaba sobre todo esto, me vino a la cabeza un artículo que escribió Víctor Català en 1927. En el texto en cuestión, Català comenta que la crítica había considerado que Drames rurals (1903) había desbaratado “una multitud de convenciones, que aceptadas por inercia y por inercia respetadas, se convierten en canon, en fórmula acatada por la generalidad, que acaba de encontrar en ellas una especie de colchón donde reposar y moldear el propio gusto”. Pues bien, ahora parece que eso que elogiaban de Víctor Català –la capacidad de saber identificar y rehuir las inercias– será seguramente una de las habilidades a las que más nos tendremos que aferrar los humanos.

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Cuando en 1950 Alan Turing escribe el famoso artículo en que teoriza sobre la maquinaria computacional y la inteligencia, toma la poesía como instrumento de medida de la humanidad. ¿Puede escribir una máquina unos versos que nos conmuevan? Con este test, Turing hacía evidente que la poesía no es un juego puramente estratégico, como el ajedrez. Al mismo tiempo, establecía una clara analogía entre los procesos de aprendizaje de las máquinas y el acto de la imitación literaria basada en patrones.Y aquí hay otro punto clave para entender nuestro momento actual: si nos cuesta distinguir un texto producido por una máquina de un texto humano es porque tanto los automatismos como la imitación forman parte de nuestra manera de existir. Colin Burrow reflexiona sobre estas cuestiones en Imitating Authors: Plato to Futurity, un estudio en que defiende que es un reto replicar maquinalmente un tipo de imitación como la nuestra. Porque, por un lado, es extremadamente compleja, dado que tiene muchas capas diferentes, y porque, por otro, es intrínsecamente anárquica. Los humanos aprendemos de los otros humanos una serie de normas, pero también aprendemos maneras de transgredirlas y, a partir de la inferencia, creamos nuevas. Podríamos decir que, de alguna manera, tenemos un ineludible instinto perverso, subversivo. La IA, en cambio, tiene un comportamiento rígido y –ahora diré una obviedad– maquinal. Una prueba de que, de momento, la IA no comparte el espíritu subversivo de los humanos es que no entiende nuestro sentido del humor (el humor se basa, precisamente, en la subversión de patrones).Entonces, si la IA tiene estas limitaciones, ¿cómo es que puede dar el efecto de ser creativa? En parte, tiene que ver con lo que he expuesto en relación con el afán mecanizador que se ha ido extendiendo hasta llegar al ámbito creativo. Pero también tiene que ver con la accesibilidad a las creaciones de los humanos. Lo ha explicado muy bien Yann LeCun –uno de los padrinos de la IA– en un tuit. La IA compensa sus carencias (falta de sentido común, de comprensión de la realidad, etc.) con una cantidad ingente de “conocimiento declarativo”. Tiene tanto material para elegir y remover que no le hace falta una capacidad creativa como la de Víctor Català. En un momento puede regurgitar alguna joya que había quedado soterrada entre tanta letra. Cuando, en agosto de 2025, OpenAI lanzó al mercado ChatGPT 5, aseguraba que su “sistema de pensamiento integrado” ponía “la inteligencia de nivel experto al alcance de todos”. No añadían, claro está, el desbarajuste que los modelos de lenguaje comportarían. De las universidades a las escuelas de primaria, de los artículos a las solicitudes de becas o los premios de literatura: lo tenemos que repensar todo. De momento, la promesa de que la IA nos quitaría trabajo da risa. Porque se nos ha girado.