IA: la oreja que no juzga

Mucho antes de que los chatbots llegaran a nuestras vidas, ya nos sobraba juicio y nos faltaba escucha. Quizás por eso nos resulta tan seductor conversar con una tecnología que nunca nos interrumpe, nunca nos cuestiona y casi siempre nos da la razón. La paradoja es que corremos el riesgo de confundir validación con escucha y de elevar esta experiencia a un nuevo termómetro para nuestras relaciones.

El juicio es un mecanismo de doble filo. Por un lado, es una forma de control social: nos recuerda las normas, las expectativas y los límites de una comunidad. Por otro, es un acto profundamente egocéntrico, sobre todo cuando ofrecemos una opinión que nadie nos ha pedido. A menudo juzgamos menos para ayudar que para reafirmarnos. Hablamos de nosotros mismos disfrazándolo de consejo.

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Hay etapas en las que este juicio deviene asfixiante. La adolescencia es una de ellas: cuando experimentar con la identidad es imprescindible, cada manera de vestir, de hablar o de ser puede convertirse en objeto de escrutinio. También la crianza, sometida a un goteo incesante de recomendaciones, sentencias y teorías heredadas. Nos sobran opiniones. En cambio, que alguien nos escuche con una oreja abierta, generosa y sin precipitarse a opinar es un lujo escaso. La escucha activa es una capacidad que debemos cultivar más que nunca.

Los chatbots explotan este vacío. Nos escuchan sin cansarse, sin interrumpirnos y, sobre todo, sin incomodarnos. Y no es casualidad, es diseño. Darnos la razón tiene al menos dos ventajas empresariales: evitar la fricción alarga la conversación y permite esquivar cualquier toma de posición cultural o moral. El modelo parece neutral porque valida casi cualquier afirmación. Esta validación constante nos invita a continuar hablando y, sobre todo, a revelarnos cada vez más. Acabamos explicando a una máquina dudas y vulnerabilidades que quizá no compartiríamos con quien más nos quiere, precisamente porque las personas pueden decepcionarnos, discrepar o juzgarnos.

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Lo que empezamos a encontrar es que la experiencia con la IA está cambiando las expectativas que proyectamos sobre las amistades, la pareja o la familia. Nos ofrece la ilusión de vivir esquivando la incomodidad del desacuerdo. Las relaciones humanas son un espacio de incertidumbre donde nos exponemos sabiendo que puede haber malentendidos. Es la fragilidad compartida, y no la validación automática, la que construye confianza. Renunciar a ella es especialmente contraproducente en la adolescencia, cuando aprender a discrepar forma parte de construir una identidad propia. Nos definimos en buena parte confrontando aquello que no somos.

Por suerte, empiezan a aparecer alternativas, sobre todo en el ámbito educativo y terapéutico. Algunos asistentes inspirados en el diálogo socrático no buscan confirmarnos, sino pensar con nosotros. En lugar de ofrecer respuestas tranquilizadoras, formulan preguntas, ponen a prueba nuestras premisas y nos abocan a habitar la duda, a sostener la incomodidad. Recuperan la idea clásica de que el diálogo no sirve tanto para confirmar nuestras certezas como para examinarlas.

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