La IA y el secuestro de la imaginación

Cada vez que un invento con la capacidad de facilitar tareas más o menos costosas irrumpe en escena, buena parte de la fuerza de trabajo imaginativo de la sociedad se concentra en desarrollar este invento y en procurarle un encaje social. Es decir, se dejan de abordar otras muchas cuestiones para centrarse en la que parece que promete un futuro más deslumbrante. Hay, pues, un ensanchamiento imaginativo, por un lado, y un apremio considerable por otro (unas disciplinas se llenan de discípulos; otras se vacían). Ahora bien, este cambio de foco imaginativo se produce en medio de una especie de estallido revolucionario en el que resulta difícil valorar si encontraremos el "progreso" en la dirección que señala el nuevo invento.

Cuando se hizo evidente que el motor de explosión era una herramienta que podía añadir conectividad, comodidad y libertad a nuestras vidas, el engranaje imaginativo social fue proveyendo todo lo necesario para transformar el mundo en un lugar apto para los vehículos motorizados. Dado que el coche fue uno de los elementos que más espacio ocupó en nuestra imaginación durante el siglo pasado, gran parte de la organización social giró a su alrededor (la relevancia de una herramienta como Google Maps demuestra la magnitud de lo imaginado y construido a partir de la idea del vehículo privado motorizado). Y si Elon Musk ha dedicado tantas energías a fabricar vehículos eléctricos, es porque el coche todavía sigue ocupando un lugar central en nuestro imaginario.

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Sin embargo, desde hace un par de años, el elemento que más se expande en la imaginación colectiva del Norte Global es la IA: además de ser el objeto principal de inversión y atención del capitalismo, aparece en la mayoría de conversaciones, ocupa mucho espacio en los medios y en los contenidos de las redes y se ha convertido en la herramienta que, día a día, más.

Chase Lochmiller, el jefe de la empresa que supervisa la construcción del gigantesco centro de datos de OpenAI (Stargate), considera que el momento actual es similar al de la construcción de la macroinfraestructura de autopistas interestatales de Estados Unidos. Según Lochmiller, si aquella infraestructura vial propulsó la economía de EEUU, Stargate tendrá un papel similar (a pesar del optimismo, sin embargo, parece que el proyecto está sufriendo para materializarse). Con un discurso que mezcla marketing y fe tecnológica, Lochmiller defiende que esta infraestructura, la mayor que la humanidad haya construido nunca, será como un gran entramado de autopistas virtuales que permitirá el desarrollo de la IA. Por primera vez en la historia, se está diseñando una tecnología que no pretende automatizar la fuerza de trabajo muscular de los humanos, sino la fuerza de trabajo imaginativo: lo hemos colgado todo en la nube y ahora la IA es la reina del remix insustancial. La fe en el progreso, ese credo que se fue fortaleciendo a partir de mediados del siglo XIX, empuja a las sociedades como la nuestra a adoptar una dinámica en la que no hay espacio para la pausa ni para la ponderación. Pero últimamente hemos comprobado que no examinar las posibles contrapartidas de las innovaciones tecnológicas es una temeridad. Es lo que dice Timothy Morton en Dark Ecology sobre el mito del progreso: "Por cada giro aparentemente hacia delante de la broca se da, también, un giro hacia atrás, un movimiento asimétrico contrario".

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La IA es un instrumento que facilita aún más lo que las empresas tecnológicas persiguen: que pasamos más horas utilizando sus servicios. El hecho de que la sociedad sea cada vez más adicta a los estímulos y comodidades digitales, y más incapaz de afrontar las fricciones inevitables que surgen con las relaciones humanas, hace que la IA esté tomando una forma monstruosa. Porque no es sólo que nos aboque al aislamiento y recoja gran parte de la fuerza de trabajo imaginativo (en todos los sentidos posibles), es que provoca una especie de secuestro imaginativo aniquilador: el otro día sentí que un hombre preguntaba a una tendera si sabía cómo se hacía el romesco, que ya tenía las ñoras a punto, y ella le contestó "pregúntale al ChatGPT" (no "espera que se lo pregunto a aquella clienta", no "miralo al libro de Mireia Carbó o al de Maria Cocina o al del programa Cocinas"; pregúntale cómo se hace un plato típico catalán, local, a un chatbot global).

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Aunque Chase Lochmiller utiliza el símil de la infraestructura vial, el tipo de inversión y de cambio de paradigma actual se asemeja más al del despliegue de la red ferroviaria estadounidense. Pero, claro, la idea del transporte público, del transporte comunitario por tierra, acabó fracasando en Estados Unidos. El transporte privado, de hecho, derrotó el tren y el tranvía en demasiadas ocasiones y en demasiados lugares del planeta. Sin embargo, ahora vemos claro, seguramente habría sido más conveniente dedicar más fuerza de trabajo imaginativo, y más recursos económicos, a la idea de un transporte público eficiente y sostenible. ¿Qué habría pasado si hubiéramos seguido el camino –aparentemente– menos allanado?