Ildefons Cerdà y sus amigos

Este viernes se cumplen 150 años de la muerte del ingeniero Ildefons Cerdà, creador del Ensanche de Barcelona y padre del urbanismo moderno. En nuestro torturado siglo XIX, encarnó el espíritu progresista ilustrado. Hay personas con una poderosa personalidad que marcan época. Cerdà, científico social y político, hombre de pensamiento y acción, fue una de ellas. Pero no estaba solo. Tuvo buenas influencias y buenos amigos, como el economista Laureà Figuerola, el higienista y humanista Felip Monlau y el geógrafo Pascual Madoz.

Normalmente se ha hablado de los enemigos de Cerdà, que primero lo habrían arrinconado en vida –bueno, en realidad estaba bien conectado y se salió con la suya bastante bien– y después, una vez muerto, se apresuraron a hacerlo caer en el ostracismo –eso sí que fue más cierto–. El más conocido de estos segundos es el arquitecto modernista y catalanista conservador Josep Puig i Cadafalch, crítico feroz de su plan urbanístico, que consideraba estéticamente demasiado poco monumental y socialmente demasiado igualitario. Su influencia perturbadora aún perdura.

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A Cerdà tampoco le hizo justicia el estado liberal conservador. No en vano, él había evolucionado del liberalismo progresista moderado al republicanismo federal revolucionario. El caso es que ni el Estado ni el Ayuntamiento de Barcelona le retribuyeron nunca los rigurosos y extensos trabajos para el plan del Ensanche, que costeó pagando de su bolsillo a los topógrafos, matemáticos, ingenieros, arquitectos... Él mismo, pues, como tantos otros, fue víctima de un país con un sector público en quiebra crónica.

Hecho heredero a la muerte de los dos hermanos, se pulió buena parte del patrimonio familiar en la obra de su vida, que se convertiría en una obsesión y al mismo tiempo le supondría la separación matrimonial: también en esto fue un avanzado a la época porque, aunque su esposa, la pintora Clotilde Bosch, le fue infiel, él reconoció a la hija fruto de otra relación, Clotildita, pronto convertida en la arpista niña prodigio Esmeralda Cervantes (así la bautizaron Víctor Hugo y la reina Isabel II, que era su madrina). Ella siempre lo reconoció como padre.

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Por cierto, Esmeralda, haciendo honor al espíritu social y progresista de su padre, y violentando el entorno cortesano en el que se había formado, se posicionó a favor de la independencia de Cuba y contra el esclavismo. Y acto seguido, con solo 24 años, fundó y financió en Barcelona una escuela para chicas pobres –lo ha documentado bien la historiadora Isabel Segura–. Pero esta ya es otra historia... Ildefons Cerdà ya no lo vio: murió en una especie de retiro de salud (decirle exilio, como se ha hecho, es una exageración) en el balneario de Caldas de Besaya, en Cantabria, el 21 de agosto de 1876. No debía de estar exactamente arruinado, porque era un establecimiento de lujo. Falleció relativamente joven, a los 60 años, la edad que tengo yo ahora. A su muerte, Figuerola fue su albacea testamentario.

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Volvemos a Figuerola y los demás compañeros. Los cuatro mencionados eran la élite técnica del liberalismo progresista: científicos visionarios y modernizadores socializantes. Contribuyeron desde el conocimiento empírico, y desde la Cataluña industrial como base, a modernizar España. Sin ellos, el fracaso del estado liberal español aún habría sido más sonoro. Quizás este fracaso ha pesado como una losa en la débil memoria sobre sus figuras, que han permanecido, y aún permanecen, demasiado olvidadas a pesar de haber dejado unas obras palpables y notabilísimas.

¿Qué obras? El fabuloso y aún hoy admirado Eixample de Barcelona de Cerdà, la introducción del higienismo por parte del polifacético Monlau (conocido por el libro-lema "Abajo las murallas" que haría posible la obra cerdaniana), la instauración de la peseta (diminutivo castellanizado de "peça petita", la moneda única del Estado creada por Figuerola en 1868 como ministro de Hacienda) y, en el caso de Madoz, la desamortización (de 1855, también ministro de Hacienda, sobre todo de bienes municipales y eclesiásticos) y el impulso del ferrocarril; además, Madoz fue autor de los once volúmenes del monumental "Diccionario geográfico-artístico-histórico de España".

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Figuerola y Madoz eran masones, al igual que otros personajes de la época con los que tuvo relación Cerdà en aquella Barcelona bulliciosa y de extremos, como el diplomático francés Ferdinand Lesseps, el empresario Josep Xifré –el de los soportales–, el político erudito Víctor Balaguer y el militar y político Juan Prim, que, por cierto, hablaba un castellano con un acento aún más catalán que el de Cerdà, que en su primera intervención en el Congreso de los Diputados (sí, Cerdà fue diputado en Madrid y llegó a presidir la Diputación de Barcelona) se disculpaba así: "Por ser hijo de un país en el que se habla un dialecto muy diferente del idioma nacional".

A otro nivel, fueron personajes relevantes de su entorno su suegro y empresario Josep Bosch Mustich, indiano; el militar y abogado Manuel Gibert; el filósofo Jaime Balmes, y el barón Haussmann (el urbanista del París moderno, que le propuso que se quedara con él en la capital francesa).

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El Año Cerdà, a pesar de los esfuerzos de algunos, ha vuelto a pasar con demasiada discreción. En todo caso, es de agradecer la revista monográfica que le ha dedicado el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos –en colaboración con el Colegio catalán–, con textos de Francesc Magrinyà, Joan Fuster Sobrepere, Antón Costas, Andreu Ulied y Pere Macias, entre otros. Fabià Estapé, Salvador Tarragó, Albert Serratosa y Oriol Bohigas les precedieron en la reivindicación del gran urbanista catalán, sobre el cual todavía queda mucho por saber.