Una patrullera de la Guardia Costera de la Policía Real de Omán inspecciona la zona mientras el tráfico se reduce en el estrecho de Ormuz.
30/03/2026
Periodista
4 min

Mucho antes de los bombardeos coordinados sobre Irán de Israel y Estados Unidos, el régimen de Teherán llevaba semanas avisando que cualquier ataque desencadenaría una escalada bélica de máximas consecuencias. Un mes después, la confrontación se juega ya en el campo de batalla de la economía y amenaza con provocar una nueva recesión global.

El estrecho de Ormuz ha demostrado que, en el mundo globalizado de hoy, controlar un punto minúsculo en el mapa puede tener un efecto enorme en el orden internacional. Antes de que comenzara la guerra, cada día pasaban entre 100 y 138 barcos por el estrecho, de los cuales entre el 60% y el 70% llevaban petróleo y gas. Según las últimas estimaciones, el tránsito por la zona ha caído un 94%. Ahora, además, los hutíes de Yemen, aliados de Irán, han decidido sumarse al conflicto, y amenazan con bloquear el estrecho de Bab el-Mandeb. La disrupción en la entrada del mar Rojo y a lo largo de toda la vía hacia el canal de Suez se traduciría en una desestabilización coordinada de la economía global desde los dos lados de la península Arábiga.

El conflicto de Oriente Medio ya ha demostrado cómo están interconectados los países y las cadenas de suministro con los mercados energéticos y la geopolítica. Por Ormuz transita una quinta parte del crudo y del gas consumidos en el mundo. Y Asia es, con diferencia, el continente más expuesto a los efectos de este colapso. Aproximadamente el 60% del petróleo y las materias primas petroquímicas que se consumen en la región provienen de Oriente Medio. China, India, Corea del Sur y Japón eran los receptores del 50% del petróleo que salía de Ormuz. Pero Pakistán, Bangladesh, Myanmar o Nepal también se han visto obligados a imponer restricciones en el consumo doméstico.

El desgaste económico global es el arma de guerra más efectiva de Irán para maximizar el caos de Oriente Medio. Interrumpir las cadenas de suministro globales y hacer subir los precios del petróleo alimenta la economía del miedo.

Las afectaciones son múltiples. Los países del Golfo también están pagando un precio que no esperaban. No se trata solo de la destrucción de infraestructuras y el coste de los ataques. A más largo plazo, las empresas, los inversores y los turistas podrían tardar en volver al Golfo si no tienen la certeza de que la guerra no se acaba cerrando en falso, como ya pasó después de los doce días de ataques sobre Irán del mes de junio del año pasado. Las monarquías del Golfo se sienten traicionadas. Financiaron generosamente a Donald Trump y los negocios de su entorno: un avión privado de regalo para el presidente, aportaciones sustanciosas al fondo de inversión del yerno de Trump, Jared Kushner, o a la plataforma de criptomonedas de Steve Witkoff, por no hablar de las millonarias inversiones tecnológicas que implican los gigantes de Silicon Valley. A cambio, sin embargo, han recibido una guerra que no querían.

En Europa, incluso si el impacto en el abastecimiento no es tan importante, el encarecimiento de precios llegará pronto a la fabricación industrial. En la última década, la dependencia de la UE de los hidrocarburos provenientes de la región del Golfo ya se había reducido. La pandemia de la covid-19 mostró las fragilidades de estas cadenas de valor hiperglobalizadas y, con la invasión rusa de Ucrania, los Veintisiete hicieron un esfuerzo de diversificación que aumentó, en cambio, su dependencia energética de los EE. UU. Y, precisamente, son estas dependencias transatlánticas las que preocupan a la UE, sobre todo ante el escenario de un Donald Trump atrapado en Irán y desafiado internamente por los contrarios a la guerra en los EE. UU. Además, Irán se está llevando parte del oxígeno militar y financiero que antes llegaba a Ucrania. Las conversaciones de paz parecen estancadas indefinidamente, y las arcas rusas reviven con la subida del precio de los hidrocarburos. El gobierno de Volodímir Zelenski es, de momento, el gran perdedor europeo de la guerra en Irán.

El alcance del impacto económico, sin embargo, depende de las decisiones que se tomen a partir de ahora. El régimen iraní ya no tiene otra salida que resistir y maximizar los efectos de sus ataques. Trump, por su parte, ha podido comprobar lo que todo el mundo le decía: las guerras quirúrgicas no existen. Con los marines ya presentes en la región, le toca decidir si lanza una operación terrestre y se arriesga a una escalada aún mayor, o bien si pone fin a la guerra como le piden la inestabilidad bursátil y la opinión pública de los EE. UU.

El problema de marcharse ahora es que deja la región en una situación aún más peligrosa que antes del ataque comandado por Washington y Tel-Aviv. Israel solo necesita ir sumando victorias militares. No le hace falta un final inmediato porque las encuestas juegan a favor de Benjamin Netanyahu. Y el régimen de Teherán se sentirá ganador solo por el hecho de haber sobrevivido.

stats