Israel, Hamás e Irán: no todo está perdido

En 1956, Moshe Dayan, jefe del ejército de Israel, visitó el kibutz de Nahal Oz en la frontera de Gaza por el funeral de un joven de 21 años, Roi Rothberg, asesinado el día antes por los palestinos. Dijo: “No culpamos a los asesinos. Han visto cómo sus tierras han pasado a formar parte de Israel. [...] Esta es la decisión de nuestras vidas: mantenernos dispuestos y armados, fuertes e inflexibles, aunque nos hagan caer la espada de las manos y nos quiten la vida”.

El 7 de octubre de 2023, la invasión de Hamás provocó 1.200 muertos y 200 secuestrados, entre otros lugares, en Nahal Oz. Los palestinos ejercieron el terrorismo de la venganza.

Para obtener la paz, Israel tiene que pactar con los palestinos. Netanyahu siempre se ha opuesto a ello. Ha prometido a los israelíes que pueden prosperar sin paz, que pueden ocupar Palestina sin coste político y militar. Su plan, terminada la guerra, es hacer un “perímetro de seguridad en torno a Gaza”, es decir, nada.

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El 7 de octubre demostró que la política de Netanyahu es ilusoria. La guerra ha cogido a Israel en el peor momento: el intento en curso de Netanyahu de convertirlo en una república teocrática y autoritaria. La opinión pública israelí ha girado hacia la derecha en los últimos años.

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El laborismo israelí siempre ha querido negociar. El Likud, el partido de Netanyahu, casi nunca, y él mismo nunca lo ha querido. Se opuso a los acuerdos de Oslo en 1993 y, tras el asesinato de Yitzhak Rabin en 1995 por un extremista ultraortodoxo, ganó a Shimon Peres en las elecciones de 1996 por un estrecho margen. Cambió la dirección de la política israelí. Ehud Barak, que apoyaba el proceso de paz, perdió las elecciones de 1999 a pesar de la ayuda de la administración Clinton. Cuando Israel se retiró del sur de Líbano, la guerra terrorista de Hezbollah –chiíes– se agudizó. La retirada israelí de Gaza dio apoyo popular a Hamás. La voluntad del pueblo israelí por la paz se perdió como consecuencia del escaso resultado, de la impresión de que “se lo ofrecimos todo y nos contestaron con bombas”.

En 2009, Netanyahu ganó las elecciones. Su teoría se reveló cierta a corto plazo: "No necesitamos a los palestinos". Impulsó la cooperación y financiación directa de Hamás por parte de Qatar. Su divisa era que quien se oponga a un estado palestino debe apoyar al gobierno de Hamás en Gaza y al de la Autoridad Palestina en Cisjordania: convenía dividirlos. Esta estrategia le ha vuelto como un boomerang.

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La teoría era mantener un conflicto de baja intensidad en vez de hacer un tratado de paz. La estrategia funcionó durante diez años. El conflicto con los palestinos se convirtió en invisible para la población. Netanyahu resistió la presión del presidente Obama en favor de la solución de los dos estados, el PIB creció un 60% en doce años. Se hicieron tratados de paz con Bahréin, Marruecos y Emiratos.

De 2019 a 2022 hubo cinco elecciones generales. En 2021 la oposición a Netanyahu, un extremista de derechas, Naftali Bennett, y un centrista, Yair Lapid, ganaron las elecciones. Dos años más tarde el gobierno colapsó porque daba a los colonos unos derechos que se negaban a los no judíos. El apartheid.

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En noviembre de 2022, Netanyahu, asociado con los partidos ultrarreligiosos y los colonos de Cisjordania, obtuvo el control de 64 escaños de un Parlamento de 120. Ambos grupos sociales forzaron la política del gobierno. Se reiteró que "los judíos tienen el derecho exclusivo sobre todo el territorio de Israel" y se impulsaron más aún los enclaves de los colonos en Cisjordania. La política para controlar políticamente el Tribunal Supremo sublevó a la oposición de liberales y centristas. El estado se partía en dos.

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En noviembre de 2023 se produjo un acercamiento de Israel, Arabia Saudita y EE.UU. Solo Hezbolá e Irán, chiítas, quedaban excluidos. Es posible que este escenario disparara la reacción de Hamás, que se veía marginado y desató el ataque terrorista desesperado del 7 de octubre.

El conflicto tiene dos vertientes simultáneas, con Hamás en Gaza y Hezbollah en Líbano, y un enfrentamiento directo con Irán tras el ataque de Israel contra la embajada iraní en Siria y la respuesta con misiles y drones desde Irán a Israel. La ineficacia de esa respuesta ha demostrado la superioridad militar de Israel y sus aliados. Irán lo ha reconocido implícitamente: "Si no hay reacción de Israel, damos el ataque por terminado". No es probable que Netanyahu lo acepte.

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La solución de los dos estados es ahora mucho más difícil por la masiva presencia de colonos israelíes y la destrucción de Gaza por parte del ejército israelí. Los hechos son, por un lado, la superioridad militar de Israel, que es capaz de mantener dos guerras simultáneas, contra Hamás (sunnitas) y contra Hezbollah (chiíes); un gobierno de extrema derecha en Israel; una comunidad ultraortodoxa del 20% protegida por el estado, que es una fuente de inestabilidad; la voluntad de invisibilizar el problema palestino; y la dificultad de recuperar un estado palestino en Cisjordania por la presencia de los colonos. Por otra parte, tenemos solo la desesperación de Hamás y de Hezbolá una vez han comprobado que, por así decirlo, no les queda nada por perder.

Netanyahu ha llevado a Israel a una situación sin salida. El objetivo de la guerra es más guerra, la necesita para seguir en el poder... y el pueblo israelí ya lo ve: el 60% lo quiere fuera.

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La voluntad de Europa, y también de EE.UU., de recuperar la solución de los dos estados tiene una extrema dificultad. Que el presidente Sánchez proponga de nuevo esta eterna solución demuestra coraje y algo de temeridad. Necesitará el apoyo de los estados grandes de Europa. No todo está perdido.