Le Senne, anomalía en Baleares

El presidente del Parlamento de las Islas Baleares, Gabriel Le Senne, es un producto genuino de los laboratorios de Vox. Quien piense en la ultraderecha española como una horda de ultras hinchados de esteroides en algún gimnasio de barriada, vociferando himnos fascistas y levantando el brazo, se estará fijando sólo en una cara del arquetipo. La otra cara es la que ofrece alguien como Le Senne: educado en colegios privados, de familia más que arraigada en Mallorca, pero con una aversión manifiesta a todo lo que recuerde la cultura y la lengua de Mallorca, de formas estantisas, y con un sentido del humor que solía exhibir en las redes sociales, y que se expresaba con ocurrencias como "las mujeres son más irascibles porque no tienen pene". Recientemente, pasó por el trance de ser expulsado del cargo por su propio grupo parlamentario, a consecuencia de una ulcerosa guerra interna de partido que se cerró en falso mediante la intervención manu militari de la central madrileña. Le Senne, en un principio, había asumido su expulsión, pero después se desdijo: “Desde Madrid me dijeron que debía resistir, y eso es lo que he hecho”, declaró. Todos los partidos con sede central en Madrid se deben a las órdenes que les llegan del Kilómetro Cero, pero Vox, en particular, funciona con la verticalidad y la rigidez de un cuartel. O de un convento.

Le Senne es el presidente del Parlamento de Baleares y, en virtud de esta responsabilidad, el pasado día 1 de marzo, Día de las Islas Baleares, pronunció un discurso oficial completamente inaceptable. Aprovechó para cargar contra la lengua catalana y su enseñanza (contra "la inmersión lingüística", suelen decir, aunque nunca se ha aplicado la inmersión lingüística en Baleares), y rescató la cancioncilla de las "modalidades dialectales", una vieja murga de la derecha españolista, que quiere dar a entender que la lengua estándar conlleva un peligro de desaparición para las hablas de Baleares. Una idea absurda que sólo se aguanta de acuerdo con un fuerte prejuicio, de la misma naturaleza que llevó a Le Senne a denunciar que lo que sí está en peligro en Baleares, a su juicio, es “la familia”. El paquete siempre está incluido: el odio contra la diversidad lingüística va emparejado con el odio contra la diversidad sexual y afectiva, contra la diversidad cultural y religiosa o contra la libertad de pensamiento.

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El presidente del Parlamento de un país no puede hablar en contra de la lengua de ese país. Esto sencillamente no es posible, y, si lo hace, es una vergüenza inaceptable que pone en entredicho a las instituciones de autogobierno. Ya sé que ellos objetarán que Baleares no son ningún país, sino una comunidad autónoma de España, pero pueden decir misa. El presidente de un Parlamento, sea de donde sea, representa la soberanía de los ciudadanos, y no puede actuar así. Los responsables de que Le Senne lo haga son la presidenta Marga Prohens y el gobierno del PP que se sostiene en el apoyo de los reivindicadores del franquismo. Y es justamente el gobierno la primera institución que queda devaluada a causa de semejante anomalía.