Las lecciones de Eumeu

Dentro de la Odisea de Homero, uno de los personajes más bellos –déjenme decirlo así— es Eumeo, o Eumeos, según las diferentes versiones (es un trabajo apasionante, que evidentemente no corresponde hacer aquí, la lectura comparada entre las magníficas traducciones al catalán del poema homérico: la de Carles Riba, la de Joan Francesc Mira y la reciente de Pau Sabaté, que no se enfrentan, sino que se suman y se complementan). Eumeo es el porquero de Ulises u Odiseo, a quien se ha mantenido leal durante su ausencia de veinte años. Junto con Penélope y Telémaco, Eumeo es el único que todavía cree que Ulises volverá un día a Ítaca. Es el primero en reconocerlo, pero antes lo acoge en su casa, convencido de que es un pobre viejo que vaga sin casa, sin rumbo y sin identidad. Eumeo apenas le hace preguntas, ve a alguien necesitado y comparte con él lo que tiene: techo, alimento y un lugar donde pasar la noche a cubierto. Parece poco, pero es mucho: es la dignidad humana. En uno de los pasajes más memorables de la Odisea, Eumeo conversa con su huésped y le pone al corriente de la desdicha de Ítaca y de la difícil situación en que se encuentra Penélope, acorralada por una multitud de pretendientes avariciosos, bellacos y parasitarios. También le explica su propia historia: Eumeo era, él mismo, de sangre real, hijo de Ctesio, rey de la isla de Siro. Una esclava, sin embargo, entregó a Eumeo cuando aún era infante a unos piratas, que lo vendieron como esclavo a Laertes, padre de Ulises. Desde entonces es el porquero del palacio (el “divinal porquerol”, en uno de los epítetos homéricos que se le asocian), y su elevada procedencia sirve de reflejo al destino de Ulises mismo, que partió a la guerra de Troya como rey y como guerrero y que regresa a Ítaca, veinte años después, como un viejo mendigo, desposeído y desarraigado, a quien todos dan por muerto. Todos menos aquellos que todavía lo aman. La intervención de Eumeo es una de las partes más delicadas de la Odisea. Si quieren ver una buena adaptación cinematográfica (sin juzgar la de Christopher Nolan, que aún no he visto) vale mucho la pena el film de 2024 The return, dirigido por Uberto Pasolini y con Ralph Fiennes, Juliette Binoche y Claudio Santamaria en los papeles de Ulises, Penélope y Eumeo, respectivamente.

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Eumeo nos enseña que mantenerse firme en las propias convicciones, también en el amor al propio país, pasa necesariamente por acoger y mostrar generosidad y respeto por aquellos que llegan, sobre todo si llegan sin nada. Que el respeto y la consideración no se deben negar nunca a nadie, y menos a un pobre. Es la lección del don de la hospitalidad, la ley de hospitalidad que el cíclope Polifemo degrada y convierte en un comportamiento criminal y siniestro (“porque eres mi invitado, te devoraré el último”) pero que Eumeo honra y ennoblece, compartiendo su pobreza con un desvalido que resulta ser el rey legítimo de aquella tierra castigada. La Odisea es uno de los relatos fundacionales de la civilización europea, y los europeos —los catalanes, los mallorquines— deberíamos tener siempre presentes sus enseñanzas tan valiosas.