Una limosna para tu iris

El ingreso de las sociedades occidentales —nosotros— en el futuro que nosotros mismos habíamos imaginado está resultando algo escrofuloso, debido en parte por las similitudes entre la realidad y las fabulaciones que habíamos construido previamente. Esta campaña de la empresa Worldcoin (detrás de la cual se encuentran Sam Altman, CEO de OpenAI y ChatGPT), que ofrece criptomonedas a cambio de la información biométrica del iris (tiene información y opinión solventes en este diario), tiene algo del imaginario de varios budas de la narrativa americana. Utilizar el iris como contraseña para identificar a individuos hace pensar a Philip K. Dick oa Ballard. La corporación multinacional que compra la información de los iris de las personas por un valor en criptomonedas equivalente a unos sesenta euros parece salir de las páginas de Don DeLillo. Las largas colas de ciudadanos que esperan durante horas (haciendo unas birras, en su caso) para que les escaneen el globo ocular a cambio de cuatro reales, podrían salir en alguna novela de John Fante o de Chuck Palahniuk. Y así sucesivamente.

En el relato se van consolidando elementos recurrentes, como la figura del dueño global (el mencionado Sam Altman, empresario por antonomasia de la IA, es, por supuesto, joven, megalómano, visionario y exageradamente rico, como Musk, Zuckerberg y todos los demás), que remite directamente a la de los grandes magnates de principios del siglo XX, reaparecida en el declive de las sociedades del bienestar. También reaparecen las colas del hambre, o en su defecto, las de la precariedad. Globalizada, eso sí: los muertos de hambre de hoy hacen horas de cola para obtener 60 euritos por la cara (o por el iris), a las puertas de un centro comercial construido por algún fondo buitre, que aloja las mismas tiendas que se encuentran en todo el llamado mundo democrático, dispuestos a vender información altamente sensible sobre sí mismos a un gran poder de magnitud mundial que hará lo que le apetezca (generalmente, vendernos más productos). El turbo o tardo o mega o necro capitalismo (pueden añadirse prefijos y sufijos a gusto del consumidor) genera este tipo de estampas, que nos causan incomodidad porque ya las hemos visto en los filmes que no hace mucho llamamos futuristas, y que ahora comienzan a ser realistas. Costumbristas, incluso.

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A la vez, nos recuerda que el ser humano es contingente y que el ciudadano crecido en democracia vive ajeno (lo procura, al menos) en las rencillas de los políticos y en las grandes alarmas de su tiempo: el auge de los autoritarismos, la emergencia climática, las guerras en curso, las masacres de niños inocentes, la amenaza nuclear, o el colapso de las corrientes atlánticas. Al fin y al cabo, en todas las épocas se ha tenido la certeza de acercarse al final de los tiempos, nos recuerda a Baltasar Gracián al inicio de la exposición que el CCCB dedica precisamente a la inteligencia artificial , y que todavía se puede visitar hasta el 17 de marzo. Dame mis sesenta euros, escanéame lo que quieras y déjame (haz ver que me dejas) tranquilo.