Antes de que lleguen

La lección más inquietante de los libros de Antonio Scurati sobre el fascismo es que no se impuso solo por la fuerza. Los totalitarismos no son la victoria de unos fanáticos sobre una sociedad inocente corrompida por la ambición de un líder. Fue también una suma de miedos, renuncias, oportunismos y complicidades. Una democracia cansada dejó de defenderse; unas élites creyeron que podrían utilizar a Mussolini; una parte de la sociedad aceptó la violencia a cambio de orden. Se dejó seducir.

Scurati explica que Mussolini comprendió algo esencial: el miedo puede ser políticamente más poderoso que la esperanza. La Italia posterior a la Primera Guerra Mundial vivía entre la frustración nacional, la conflictividad social, la inflación, el miedo a la revolución y la sensación de que el viejo orden se desmoronaba. El fascismo no resolvió aquellas angustias. Las organizó. 

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Su gran habilidad consistía en simplificar. La democracia es lenta porque la realidad es compleja: exige pactar, discutir, escuchar intereses contrapuestos y aceptar que ningún problema tiene una solución total. El fascismo ofrece una salida mucho más cómoda. Convierte el conflicto en una batalla entre patriotas y traidores, entre el pueblo auténtico y los que lo corrompen. No pide comprender el mundo, sino que se satisface señalando culpables.

Los socialistas, los sindicalistas, los intelectuales, los extranjeros, los disidentes: siempre hay alguien a quien atribuir la decadencia, la incertidumbre o la incomprensión del mundo. El miedo se transforma en energía política. El líder aparece entonces como el único capaz de imponer orden, aunque sea él mismo quien ha contribuido decisivamente al desorden.

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La violencia fue el método, no un accidente. Los escuadrones fascistas atacaban cooperativas, sindicatos, ayuntamientos, diarios y sedes de partidos. Golpeaban, humillaban y asesinaban. Pero Mussolini supo combinar la calle y el palacio, la amenaza y la negociación, la brutalidad y una apariencia de legalidad. Mientras sus hombres destruían la oposición, él se presentaba ante la monarquía, los industriales y los conservadores como una garantía de estabilidad.

Aquí hay una de las advertencias más actuales de Scurati. Las élites no siempre son víctimas del fascismo: a menudo son sus facilitadoras. Muchos dirigentes liberales, empresarios y grandes propietarios creyeron que Mussolini era un instrumento útil contra la izquierda y que, una vez hecha la tarea sucia, podrían controlarlo o deshacerse de él. Lo normalizaron, le abrieron las instituciones y calificaron de pragmatismo lo que era una absoluta falta de principios. Su inconsistencia era una ventaja. No necesitaba una doctrina coherente; le bastaba oler el estado de ánimo de la multitud, amplificar su resentimiento y ofrecerse como encarnación de su cólera.

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La democracia no cayó en un solo día: se fue entregando a plazos, con la ilusión de que cada concesión sería temporal y reversible.

Visto con la perspectiva de hoy es inquietante. El fascismo no solo reprimió; también fascinó. Ofreció pertenencia, juventud, virilidad, comunidad, acción y una idea ridículamente pomposa de la nación. Personas insignificantes podían sentirse, de golpe, protagonistas de la historia. Había desfiles, símbolos, himnos, gestos y uniformes. Una estética destinada a hacer emocionante la obediencia. El mal no tiene siempre un rostro monstruoso y perfectamente reconocible. Hemos aprendido que, a veces, es incluso ridículo. Es aquí donde Scurati se encuentra con Hannah Arendt y su idea de la banalidad del mal. El mal político no necesita una sociedad entera de criminales. Le basta una multitud de personas normales que dejan de pensar, se adaptan, obedecen o deciden que aquello que pasa no es cosa suya.

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La banalidad explica la facilidad con que se extiende el mal y el papel que juegan los espectadores. Necesita funcionarios cobardes, jueces que no quieran complicaciones, periodistas frívolos que presenten el abuso como una excentricidad, empresarios que vean oportunidades y ciudadanos que prefieran no saber. Necesita personas convencidas de que no hay que exagerar, de que todo pasará, de que alguien pondrá el límite.

Por eso conocer la historia e implicarse en la sociedad no es un lujo cultural. Es una obligación cívica. Saber cómo se impuso el fascismo permite reconocer los mecanismos antes de que adopten la forma definitiva: la deshumanización del adversario, el reino de la mentira, el menosprecio del sistema democrático, los ataques a la prensa, la conversión del discrepante en enemigo y la garantía de un mundo ideal aunque inexistente.

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En determinados momentos, la ignorancia se convierte en una forma de colaboración. La ignorancia no nos hace inocentes. Quien no quiere ver la degradación de las instituciones puede acabar acostumbrándose a ella. 

El miedo es fácil. Pide protección, obediencia y culpables. La esperanza es más exigente: reclama conocimiento, responsabilidad y coraje. No consiste en negar los peligros, sino en impedir que sean utilizados para destruir aquello que pretenden salvar.

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La gran advertencia de Scurati es que el fascismo no empieza cuando aparecen las camisas negras. Empieza mucho antes: cuando una sociedad considera que la fuerza es más eficaz que la palabra, que la libertad es un lujo en tiempos difíciles y que la dignidad de algunos se puede sacrificar para tranquilizar a los demás. El miedo ya ha empezado a hacerse sitio en nuestro tiempo y hay que elegir. De entrada, hay que elegir si se quiere estar informado.