La mujer de la estación de tren de Sarrià

La mujer mayor, que va toda arreglada, de la manera que se arreglan las mujeres mayores para ir a hacer un trámite (las he oído en el tren y van a ver a un abuelo en una residencia), llama al marido, un señor huraño con unos bigotes que parecen indicar que manda mucho. Están en medio del andén de la estación, y más allá está la hija, que se les parece mucho. “Dami, que ya está”, dice la mujer, mostrándole el teléfono, que lleva en la mano. Quiere decir que ya ha acabado de hablar y que el aparato debe ser el suyo. Dami, que no tiene ninguna cara de llamarse Dami, la mira enfadado. “¿Que no sabes colgar? ¿Que no sabes colgar?”. La hija se gira y se pone el dedo en los labios. Lo curioso de este gesto, tan habitual, es que no lo dirige a él, sino a ambos, como si la mujer también fuera, en parte, responsable. La mujer aprieta la boca y se eriza de vergüenza, tal como un perro reñido. Extiende más la mano. Él, entonces, le coge el teléfono de un revolcón, y dirigiéndose a todos nosotros y a nadie, exclama, con el tono de quien quiere ser oído: “¡La tía no sabe colgar un teléfono!”

Estoy allí viendo la escena, que duele por doméstica, por habitual. Si yo ahora fuera una heroína detendría, con la mano de Wonder Woman, al señor de los bigotes y proclamaría: “¡No sabe colgar! No sabe colgar, y es extraordinario que no sepa. Pero sabe distinguir el romero del tomillo, va a clubes de lectura y hace preguntas interesantes y educadas. No sabe colgar, pero sabe hacer las mejores croquetas del mundo, y sabe bailar el vals y la polca, y sabe trucos para quitar la cal de la taza del váter y para dejar los cristales sin lametones”. “No sabe colgar, pero en otra familia eso haría gracia, mucha gracia, porque esta mujer, que no sabe colgar, es encantadora, ya se ve, y escribe recetas de pasteles en una libreta y ahora está haciendo eso del taichí caminando, pero lo lleva en secreto”. Eso, debería decir, pero no lo digo. En silencio me la imagino en otra familia. Todos riendo por el teléfono, y ella también: llorando de risa y no boqueando como un pez en la red.