La niña Isabel

La Isabelita o Isabelín era una niña segura de sí misma, de estas niñas que en los restaurantes piden platos con seguridad, con la mundología de las niñas ricas que han salido al restaurante muchas veces. Era hija única –de las hijas únicas de entonces–, consentida, mimada. La que mejor ropa llevaba, la que tenía moqueta en la habitación (parecía tan de lujo...), la que no te invitaba a casa si no pasabas unas pruebas vergonzosas.

Un día, en el centro recreativo, la niña, que tenía todo lo que quería, consideró que eso de hacer una rifa para que los niños que “no podían” tuvieran para pagar las colonias era muy feo. Y dijo que no, que no iría a la reunión informativa en el pabellón. Vender números era muy cansado. Intentó que los niños ricos, que los había, aunque no tanto como ella, no fueran. Quería que el monitor del centro recreativo se quedara solo con algún otro desdichado.

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Los otros niños ricos, que eran todos de su barrio, sin embargo, fueron a la reunión. Fue ella, pues, la única que no estuvo. Ah, qué rabia, qué rabia tan superlativa le dio, a la Isabelín, la Isabelita. Ella quería que otros, los de su bando, no fueran. Quería humillar a los desgraciados que necesitaban el dinero, y quería ser seguida como una virgen por los feligreses.

Al final, la Isabelita fue la única niña que no fue a la reunión. Los otros niños, a pesar de no verlo bien –es lo que tiene ser rico, que puedes elegir– estuvieron allí; por educación no la siguieron.

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Son cosas que pasan cuando vas a la escuela. De mayor, claro, ya no haces estas cosas. A ninguna Isabel se le ocurriría dejar la silla vacía de la reunión con el ministro de Hacienda e intentar, sin éxito, que todos los barones del PP le hicieran caso y no fueran.