La (no tan) fina línea entre Gaza y Cisjordania

Llevamos años hablando de la violencia de los colonos en Cisjordania. Tantos que quizás nos hemos instalado en un imaginario demasiado cómodo. Cuando hablamos de esta violencia lo hacemos para referirnos a grupos de extremistas que atacan palestinos, queman casas, arrancan olivos o se apropian de tierras, mientras el estado israelí aparece en segundo plano, incapaz, poco o nada dispuesto a contenerlos. Pero esa imagen explica cada vez menos lo que está ocurriendo.

En 2025, Naciones Unidas registra una media de alrededor de seis ataques de colonos al día. Y la violencia está causando ya más de tres heridos palestinos diarios, frente a uno cada tres días en 2020. El 55% de las heridas sufridas por palestinos en Cisjordania ocupada este año se ha producido en el contexto de ataques de colonos. A principios de julio, más de 2.300 personas habían sido desplazadas como consecuencia de esos ataques y las restricciones de acceso asociadas. 

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Detrás de esas cifras hay algo bastante más organizado que una acumulación de agresiones individuales. Colonos armados entran en comunidades palestinas, ocupan tierras de pastoreo, destruyen cultivos o atacan viviendas. Esta misma semana, decenas de colonos israelíes decidieron sitiar durante días la aldea Palestina de Qusra, al sur de Nablus. El ejército israelí está con frecuencia presente, y palestinos y organizaciones de derechos humanos llevan años documentando casos en los que los soldados protegen a los agresores, permiten los ataques o intervienen después contra quienes intentan defenderse. 

A la violencia se añaden demoliciones, confiscaciones, carreteras cerradas, controles militares, restricciones de acceso al agua y un sistema de planificación que hace extraordinariamente difícil que los palestinos construyan legalmente mientras los asentamientos israelíes siguen creciendo. Es cada vez más difícil desconectar la violencia de colonos respaldada por el Estado y el proceso de desplazamiento y anexión que empuja a que los palestinos se ven asediados en enclaves cada vez más reducidos.

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Como muchos llevamos años intentando recordar una y otra vez, esto forma parte de una historia mucho más larga. El colonialismo de asentamiento israelí no empezó con Netanyahu, ni con el 7 de octubre, ni con la destrucción de Gaza. Empezó hace décadas, incluso antes del establecimiento del propio Estado israelí, y afecta al pueblo palestino en su conjunto, intrínsecamente ligado ademas a multitud de dinámicas dentro y fuera de la Palestina histórica. Durante décadas, Israel ha ido creando una realidad territorial en la que la presencia palestina se fragmenta y es, cuando es posible, aniquilada mientras el espacio disponible para los asentamientos, y los que los habitan, aumenta. Una familia deja de poder llegar a su tierra. Otra pierde el acceso al agua o sus cultivos. Otra llora a sus muertos y/o heridos y/o prisioneros. Otra recibe una orden de demolición. Otra se ve obligada a huir después de meses de ataques y amenazas. Poco después, un nuevo puesto de colonos aparece cerca, con la bendición y protección de Tel Aviv. Mirado pueblo por pueblo, parece una suma de historias locales. Mirado sobre un mapa, el resultado es bastante menos ambiguo.

Si algo ha cambiado el contexto actual, y durante los últimos 3 años, en Gaza, es nuestra forma de entender la situación (todavía no de intervenir, lamentablemente). Aunque muchas veces nos sentimos tentados de ceñirnos a los acontecimientos por separado, entendemos ahora hasta dónde puede llegar ese proyecto. Sobre todo cuando la deshumanización, la impunidad y la fuerza militar se encuentran con cada vez menos límites políticos —el ministro de Seguridad Nacional de Israel afirmaba este fin de semana en un podcast que las fuerzas israelíes deberían "matar a 30 o 40" palestinos cada noche en Gaza—. Y eso obliga a mirar Cisjordania con otros ojos. Porque allí se están combinando cada vez con mayor intensidad elementos que ya conocemos: expulsión de población, destrucción de las condiciones necesarias para permanecer en el territorio, expansión territorial, violencia de distintas formas e intensidades, incursiones militares y un discurso político israelí cada vez más abierto sobre anexión, desplazamiento y superioridad racial. Incluso las operaciones del ejército y la violencia de los colonos resultan cada vez más difíciles de separar cuando producen el mismo efecto sobre el terreno: menos palestinos en determinadas zonas y más control israelí. 

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Es hora de darnos cuenta de que la cuestión del genocidio también toma forma también fuera de Gaza. No como una comparación entre dos territorios que viven situaciones -al menos hasta ahora- distintas, sino como una sería de preguntas sobre el proceso que estamos observando, las continuidades y la necesidad de estudiar y entender la historia, y sobre cuánto tiempo pensamos permitir que avance antes de tomarla en serio como una estructura y las ideologías e intereses materiales que la acompañan y sustentan. Después de Gaza, decir que no sabíamos hasta dónde podía llegar ya no debería ser una opción.