La inteligencia artificial aplicada a sanidad.
14/02/2026
Doctora en Psicologia Social
3 min

Cada día circulan titulares y frases lapidarias sobre la inteligencia artificial y el trabajo que alimentan la inquietud colectiva: que la IA destruirá millones de puestos de trabajo, que sustituirá a las personas, que acabará controlándonos o que es una amenaza para la sociedad. Son expresiones de un miedo difuso, a menudo irracional, propio de lo que la psicología identifica como ansiedades confusionales: cuando el riesgo no está bien delimitado, el miedo se magnifica. La única forma de reducir esta angustia es afrontarla con datos y criterio, distinguir qué hay de cierto y qué no en el impacto real de la IA en el mundo laboral.

Una primera evidencia se observa en los países más tecnificados y con altos niveles de robotización, como Japón o Alemania. Contra el relato catastrofista, son economías con tasas de paro muy bajas. A finales del pasado año, el desempleo en Catalunya se situaba en el 8,18%, más del doble que en Alemania (3,8%) y más del triple que en Japón (2,6%). Si la tecnología destruyera empleo de forma masiva, estas cifras deberían decir lo contrario. En una conversación con expertos japoneses me explicaron que allí la IA no genera miedo, porque el nivel formativo de la población es muy alto. La clave no es la renuncia a la tecnología, sino el capital humano.

Además, los datos actuales indican que la IA crea, de momento, más puestos de trabajo de los que elimina. Según el World Economic Forum, la IA seguirá generando empleo neto como mínimo hasta el 2027. Pensemos, por ejemplo, en una pyme industrial catalana que hace dos años incorporó sistemas de IA para optimizar la planificación de la producción. El resultado no fue un despido masivo, sino justo lo contrario: menos errores, más pedidos y la necesidad de nuevos perfiles —analistas de datos, técnicos de mantenimiento avanzado— que antes no existían. El verdadero problema no es, por tanto, la destrucción de trabajo, sino la falta de preparación. En nuestro país, el 50% de las vacantes vinculadas a perfiles de IA quedaron sin cubrir en 2023. No hay suficientes profesionales cualificados. El mismo informe señala que seis de cada diez personas deberemos formarnos antes de 2030 si queremos mantenernos activas en el mercado laboral.

Por tanto, la ecuación es clara: el problema no es tanto la IA que destruye empleo como la falta de formación adecuada. La formación se convierte en el factor decisivo del futuro del trabajo.

La investigación tampoco avala una pérdida acelerada de empleo en trabajos altamente expuestos a la IA, como la asesoría financiera, la manufactura, la traducción y la cirugía. La investigadora Marta Peirano lo ilustraba con un ejemplo contundente: la IA aplicada al diagnóstico por imagen no ha hecho desaparecer a los radiólogos; por el contrario, ha incrementado su demanda. Las máquinas procesan datos, pero las personas interpretan, contextualizan, ponen nombre a los problemas, anticipan riesgos y toman decisiones. El diagnóstico puede automatizarse parcialmente; el cuidado, no. La IA facilita la labor profesional, pero no la sustituye.

Ahora bien, no todo el mundo parte del mismo punto. Las mujeres, las personas mayores y las personas con discapacidad pueden verse más afectadas si la brecha digital se amplía. Para evitarlo, será necesaria una vigilancia estricta de los algoritmos, prevenir sesgos de género, origen y edad y fomentar políticas activas de inclusión digital. Paradójicamente, la propia IA puede ser una aliada clave, que permita diseñar itinerarios de aprendizaje personalizados, especialmente útiles para reducir estas desigualdades.

De ahí la necesidad urgente de una estrategia masiva de reskilling y upskilling. Habrá que recalificar trabajadores y trabajadoras y conectar de forma efectiva empresas, universidades, centros de formación profesional y administraciones ajustando la oferta educativa a las necesidades reales del mercado de trabajo.

El objetivo final debe ser combinar el aumento de productividad que aportará la IA con una mejora tangible de las condiciones laborales. Esto obliga a un acuerdo social urgente sobre cómo repartir las ganancias derivadas de la productividad tecnológica.

Mirar a la IA sólo desde el miedo es un error estratégico. Si nos centramos exclusivamente en los riesgos, caemos en un fatalismo social y político que erosiona la autoestima colectiva, paraliza la acción y tiene consecuencias sobre la salud mental. La clave será la formación, la regulación de la IA y, sobre todo, ponerla a trabajar a nuestro favor. El futuro del trabajo no lo decidirá ningún IA, sino cómo decidimos convivir con él y orientarla al servicio del bienestar, la dignidad y el sentido de lo que hacemos.

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