Si no pudiéramos decir

La madre de todas las libertades es la libertad de expresión. Sin la palabra libre no habría vías para encauzar la libertad de pensamiento, de conciencia o de cátedra. Sin poder llamarlos, no se pueden reivindicar ninguno de los demás derechos. Las injusticias y discriminaciones, agravios y abusos de poder quedan relegados a la parte silenciada de la vida si lo que impera es la ley del silencio. Por eso es tan preocupante que en la única parte del mundo en el que se había consolidado la libertad de expresión empezamos a ver crecientes muestras de intolerancia a los discrepantes. El virus de la censura se va infiltrando poco a poco en nuestras actitudes hacia otros y ya no necesita leyes ni profesionales como antes para ser impuesta.

Un caso que me ha hecho pensar semanas es el de una joven cantante de 19 años a la que le hicieron una entrevista y respondió a las preguntas diciendo lo que le parecía que tenía que decir. Que es lo que debe hacer cualquier persona libre. Repito: una chica de 19 años y cantante. Ni sociolingüista ni política ni experta en la materia tratada ni cargo público alguno. Resulta que una poetisa con más años vividos recorta un fragmento del vídeo de la entrevista a la cantante y lo cuelga en una red social. No sólo lo cuelga sino que señala y regaña a la joven por lo que dice, lo que provoca un alud de respuestas negativas y un verdadero linchamiento digital. Da igual si estamos de acuerdo o no con lo que dijo Mushkaa, la cuestión relevante en cuanto a la libertad de expresión es que hemos normalizado las reacciones en masa destinadas a aniquilar la presencia pública de alguien con quien discrepamos, que nuestras propias intransigencias nos parecen del todo justificadas porque tenemos la razón y, como la reina de corazones deAlicia, gritamos: ¡que le corten la cabeza! Los expertos en redes sociales dicen que nos fanatizan y nos hacen vivir en burbujas en las que nos sentimos cómodos porque sólo convivimos con quienes piensan como nosotros. ¡Qué aburrimiento! Haber luchado tanto por ensanchar los límites de lo que se puede decir para acabar escuchando siempre lo mismo y dicho por igual.

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Quien quiera erigirse hoy en día en un verdadero defensor de la libertad de expresión tendrá dificultades añadidas que no tenían quienes debían existir con la censura oficial impuesta por la fuerza de una violencia explícita visible. Los numerosos ataques contra la palabra libre vienen de muchos lugares ya la vez y tienen muchas formas de manifestarse. Por el extremo derecho hay quien, por ejemplo, cancela la suscripción a revistas en una lengua que considera sobrante o se dedica a perseguir de forma cada vez más desacomplejada a escritores y periodistas. Unas formas que también va adoptando el extremo izquierdo. Durante años hemos pensado que esta deriva sólo podía venir de los reaccionarios, pero hoy la tentación autoritaria que pretende sofocar las opiniones ajenas a golpe de clic procede también de un espacio más vinculado a movimientos progresistas tradicionalmente comprometidos con la libertad de expresión. En Escocia, por ejemplo, se acaba de aprobar una polémica ley contra los delitos de odio que puede acabar convirtiéndose en una verdadera mordaza. En Reino Unido, de hecho, ya ha habido mujeres como Laura Favaro o Maya Fostater que han perdido su trabajo por afirmar que el sexo biológico existe o por expresar opiniones críticas con las teorías del género. Sean bienvenidos al reino de los fanáticos totalitarios y liberticidas todos aquellos a los que les parece muy bien que se despida a alguien por sus ideas.

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La razón profunda de este impulso castrador la encuentro en uno de los ensayos escépticos de Bertrand Russell en el que venía a decir que el puritano (un tipo de fanático) siente más placer teniendo el poder de impedir que los demás disfruten de una libertad que disfrutándola él mismo.