La nostalgia y el poder de la extrema derecha

La CDU del canciller Friedrich Merz ha obtenido el peor resultado de su historia en unas elecciones regionales, este fin de semana, en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Un “desastre” admitido desde la cancillería y una humillación para un Merz que, al llegar al poder, prometió revertir la fuerza de una extrema derecha que le pisa los talones desde hace tiempo. La popularidad de Alternativa para Alemania, de momento, no tiene techo. En Sajonia-Anhalt se quedó a las puertas de gobernar, por primera vez, en un estado alemán, y el domingo ganó las elecciones en el land de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, en el este de Alemania, y quedó tercera en Berlín. Mientras la supervivencia política de Merz está cada vez más amenazada, la AfD sigue creciendo a la sombra del declive económico e industrial, que ha frenado el motor alemán, y de una sensación de inseguridad que se alimenta de la criminalización de una inmigración al alza en la última década. Pero, sobre todo, la extrema derecha ha demostrado una gran capacidad de explotar la desilusión de los votantes con el establishment político de la Gran Coalición.

Como ya pasó en Sajonia-Anhalt, hace solo dos semanas, la participación ha aumentado (un 79% en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y un 75% en Berlín), lo que demuestra, una vez más, que la AfD sabe movilizar el abstencionismo y ganar votos entre antiguos votantes de los partidos de centro. El descontento contra los planes de reforma del sistema de pensiones y de protección social, acompañado de un aumento en el gasto en defensa, ha espoleado la participación, y el gran damnificado ha sido, una vez más, un centro político cada vez más débil.

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La fragmentación se impone y hace todavía más difícil llevar a cabo las reformas necesarias para que Alemania supere el estancamiento estructural. Es un mal compartido. Francia, que también encara un curso electoral incierto, está en la misma situación.

La inseguridad económica y el crecimiento de las desigualdades se han convertido en el factor determinante que reconfigura políticamente la Unión Europea. De hecho, la investigación de la politóloga Susan C. Stokes —que estos días presenta en Barcelona su último libro, Los regresivos, sobre liderazgos políticos que erosionan sus propios sistemas democráticos— demuestra cómo la desigualdad salarial es el factor clave del riesgo económico que alimenta la erosión democrática.

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El peso de las nuevas mayorías radicales, sin embargo, no está redefiniendo solo políticas y alianzas, sino también la misma identidad de la UE como poder supranacional. Hay una Europa que se construye desde la revisión del pasado.

Los Demócratas de Suecia (SD) se presentaron a las elecciones del 13 de septiembre con el eslogan “hagamos Suecia grande otra vez”. Una exaltación de la nostalgia de un país que ya no existe. Una imagen idílica en manos de una agenda política que comporta el riesgo de desmantelamiento de los mismos valores que históricamente hicieron que Suecia fuera distintiva. También la AfD dice que quiere “recuperar” su país y, por eso, está desplegando una política de persecución de la cultura y proponen el abandono de la Erinnerungskultur —cultura de la memoria—: dejar atrás la conciencia de los crímenes del pasado en favor de un futuro diferente y más orgulloso.

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Al mismo tiempo, sin embargo, la nostalgia se ha convertido en un motor político. Por toda Europa, la extrema derecha abraza esta idea del pasado como refugio de un presente incierto. Un pasado imaginado o blanqueado, que minimiza fascismos o desigualdades económicas y de derechos. En muchos casos, se construyen imaginarios de un pasado que no fue nunca tan nítido, idílico y homogéneo como quieren hacer creer. Una idealización distorsionada edificada como escudo contra la incertidumbre social y la inseguridad económica, contra amenazas reales e imaginadas. Es una redefinición de la identidad nacional agresivamente excluyente. Como las agendas antiinmigratorias que fundamentan coaliciones de gobierno, de Dinamarca a Italia.

El resultado es un cóctel explosivo de emociones: desde las más primarias —miedo, ira o depresión— a las emociones social y culturalmente condicionadas —desde la culpa o la vergüenza al resentimiento, la decepción y la nostalgia.

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Como explicaba Michael Ignatieff, rector emérito de la Universidad Central Europea de Viena y Budapest, la semana pasada en Barcelona, en un acto del Cidob, la “nostalgia radical” es un sentimiento colectivo y político, que se alimenta de la negación, y es radical, precisamente, porque se niega a aceptar la pérdida e intenta “volver a un pasado que imagina como más seguro, glorioso y virtuoso”. La nostalgia radical se ha convertido, sobre todo, en una oferta de certeza ante un mundo, presente y futuro, cada vez más difícil de entender.