Manifestación contra Alternativa para Alemania, hoy, en la Puerta de Brandeburgo de Berlín.
07/09/2026 - 21:40 h.
Periodista
3 min

La victoria histórica de Alternativa para Alemania (AfD) en el estado federado de Sajonia-Anhalt es un sismo político para un país atrapado en la angustia existencial. La excepcionalidad alemana es más terrenal que nunca. La economía del país lleva seis años consecutivos con un crecimiento exiguo. La industria, tradicionalmente potente, está asustada y reclama más protección frente a China y los aranceles de los Estados Unidos. Las sacudidas de los precios de la energía y la anunciada crisis del sector de la automoción –agravada ahora por el anuncio de despidos masivos en Volkswagen– alimentan una sensación de final de etapa que hace temblar a la Unión Europea.

Y es en este contexto que la fuerza electoral de la AfD debe considerarse el síntoma, y no la causa, del desastre que ha hundido un centro político cada vez más débil. Es, sobre todo, el resultado del fracaso de unas Grandes Coaliciones temerosas, incapaces de reformar un modelo obsoleto. Se han impuesto el malestar y la fuerza del castigo de unas regiones que se han sentido abandonadas. Ahora ha sido Sajonia-Anhalt, el estado federado con la población más envejecida del país y la renta per cápita más baja de Alemania. Pero su realidad económica no dista mucho de la de otras regiones donde la AfD también triunfa.

Es una señal de alerta europea. El bajo crecimiento continúa enquistado en buena parte de la UE, sobre todo en Bulgaria, en el este y el sur de Hungría, en la mayor parte de la Alemania oriental, en el centro de Grecia, en el sur de Italia y en regiones industriales en declive, como el noreste de Francia. Los resultados electorales en muchos de estos lugares ayudan a dibujar la geografía de un descontento que acentúa las debilidades económicas y sociales de la UE. Y es un patrón que se puede reforzar todavía más con las urnas previstas para 2027 en Francia, Italia, Grecia, Polonia, Eslovaquia y España; y a la espera de ver qué pasa en las legislativas de Suecia el fin de semana que viene.

Hace tiempo que Berlín ha dejado de ser el poder hegemónico en una UE con una extrema derecha fortalecida e influyente. El eje franco-alemán representa el corazón de la UE del pasado bajo el peso de las nuevas mayorías radicales, que no solo está redefiniendo políticas y alianzas sino también la misma identidad de la Unión como poder supranacional. Alemania continúa siendo el socio imprescindible de la UE, pero sus dudas existenciales –desde la salud de su sistema democrático hasta la viabilidad de su modelo económico– pesan sobre toda Europa.

Los líderes políticos europeos “se deberían preparar para la posibilidad de una nueva clase de Alemania: que ya no sea aburrida, ni estable... ni rica”, escriben Janka Oertel y Jana Puglierin, analistas del European Council on Foreign Relations. Pero no es suficiente. Las crisis alemanas terminan siendo crisis europeas. Y en el desplome de la CDU se pueden leer también los costes de unas decisiones gubernamentales y una agenda geopolítica que no siempre coinciden con las preocupaciones diarias del electorado.

Con los miedos sociales y económicos a flor de piel, Friedrich Merz continúa aferrado a la ortodoxia alemana de las últimas dos décadas, presionando para recortar el futuro presupuesto comunitario mientras anuncia un plan millonario de inversión en armamento y declara su ambición de construir el ejército más poderoso de Europa. El año que viene el gasto militar alemán será tan alto como el de Francia y Gran Bretaña juntas, y Merz prevé incrementarlo todavía más de cara al 2030.

El editorial del semanario Der Spiegel ha sentenciado que Merz no es el líder adecuado para Alemania. La popularidad del canciller está bajo mínimos. Su partido, la CDU, se ha pasado el verano enfrentado internamente por la intención del gobierno de reformar las pensiones. Incluso entre sus partidarios se empieza a poner en duda que todavía esté capacitado para seguir ocupando el cargo.

Mientras la AfD ha obtenido en Sajonia-Anhalt el mejor resultado de un partido de extrema derecha en Alemania desde 1945 –celebrado en las redes tanto por la Casa Blanca como por el Kremlin–, la CDU ha sufrido “la derrota electoral más grave en décadas”, en palabras de Merz. La transferencia de votos de uno a otro es fácil de deducir.

La metamorfosis identitaria que sacude Alemania ha sido incapaz de encontrar las respuestas correctas: del fracaso del cortafuegos político que había aislado a la extrema derecha –hasta hacerla tan resistente que, inevitablemente, ha llegado a las puertas del poder– hasta la derrota histórica que supone para la memoria de la Alemania del postnazismo la normalización del discurso xenófobo y discriminatorio que distingue entre alemanes “biológicos” y alemanes “de pasaporte”.

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