Central nuclear Asco. Tjerk Van Der Meulen
12/06/2026
Exconsejero de Economía. Directivo y empresario
3 min

Atomkraft? Nein, danke! Debía tener catorce años cuando, el primer día de colegio después de las vacaciones, la Laia, una compañera de curso que había pasado el verano en Alemania, se presentó en clase con una camiseta con este eslogan estampado junto a un sol sonriente. Recuerdo que quedé impresionado y que hice lo imposible —sin éxito— para que mis padres me consiguieran una camiseta igual.Unos años antes, la crisis del petróleo había puesto patas arriba la economía mundial, y muchos países se habían empezado a plantear fórmulas para aumentar la soberanía energética y depender menos de los productores de crudo. La opción nuclear parecía obvia casi en todas partes, menos en Bonn, entonces capital de la República Federal de Alemania. El movimiento antinuclear fue tan poderoso en el país que una de las manifestaciones europeas más masivas contra esta tecnología tuvo lugar precisamente en Bonn el año 1979.El compromiso antinuclear alemán es anterior al gran discurso climático contemporáneo. Y este legado, que aún pesa, ha empujado al país a decisiones difíciles de explicar: cerrar las centrales nucleares mientras mantenía abiertas centrales de carbón y mientras confiaba en el gas como energía central en el equilibrio del sistema eléctrico e industrial alemán. Diversos cálculos han cuantificado el precio de esta renuncia en unos 700.000 M€.La idea de fondo es inapelable: el apagón nuclear no ha sido gratuito, ni en términos económicos ni en términos geopolíticos. Alemania, eso sí, ha hecho una inversión monumental en renovables, y en 2025 estas fuentes ya cubrieron cerca del 56% del consumo bruto de electricidad. Pero si no hubiera desmantelado el parque nuclear, las tensiones que la industria germánica ha tenido que afrontar por la dependencia del gas —y muy especialmente del gas ruso— habrían sido mucho más soportables.El caso alemán puede ayudarnos a entender la situación catalana. Hoy, alrededor del 57% de la electricidad producida en Cataluña procede de las tres centrales nucleares operativas. También es sabido que el país va retrasado en renovables: continuamos muy por debajo del peso que ya tienen en otros territorios del Estado, y una parte relevante de la generación renovable continúa siendo hidroeléctrica. El resto del sistema descansa todavía, en buena parte, en tecnologías fósiles.

Todo ello dibuja una paradoja incómoda: tenemos un sistema energético catalán relativamente descarbonizado gracias a la nuclear, pero a la vez insuficientemente renovable y muy alejado de la más mínima idea de soberanía energética. Dicho de otra manera: la nuclear nos evita emisiones y nos da estabilidad, pero no nos ahorra la dependencia exterior. El combustible llega de fuera y, además, una parte de su procesamiento se hace en Juzbado, en Salamanca, antes de abastecer las centrales de Ascó o Vandellòs.Si entre 2030 y 2035 se cierran las nucleares catalanas, el país quedará todavía más expuesto a la dependencia exterior: sea del combustible fósil necesario para alimentar las centrales de ciclo combinado y otras tecnologías de soporte, sea de la electricidad importada de otros territorios a través de las grandes interconexiones. Cuesta creer que, en solo unos pocos años, Cataluña sea capaz de desplegar suficientes renovables y red para sustituir sin tensiones la pérdida de generación estable que representan Ascó y Vandellòs.El fenómeno “nimby” —no en mi patio trasero— es particularmente extendido y exitoso en nuestro país. Cerca de un centenar de municipios han suspendido licencias de proyectos renovables y los proyectos catalanes tardan de media entre tres y seis años en obtener todas las autorizaciones, frente a los dos años de media europea, o de los quince meses en Aragón.Por lo tanto, si aspiramos a una Cataluña energéticamente más autónoma, sostenible y con un peso realmente relevante de las renovables, no podemos cometer el error de renunciar a las nucleares de manera precipitada. Lo que hace falta es acelerar de verdad la producción solar y eólica, desplegar infraestructuras de almacenamiento y reducir el peso de las fuentes más contaminantes.Pero, mientras tanto, convendría abandonar ciertos posicionamientos ideológicos que lindan con la superstición: porque una cosa es querer un futuro renovable y otra muy diferente es sufrir un perjuicio energéticamente en nombre de un dogma.Cataluña se ha ido acostumbrando en los últimos años a no hacer los deberes cuando toca y después correr a quejarse y victimizarse. Ha pasado con la educación, con la vivienda y con la lengua. Deberíamos evitar que pase también con la energía.Quizás ha llegado la hora de imprimir camisetas con aquel mismo sol sonriente de hace 50 años, pero con el eslogan invertido.

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