Cuanto más va la ola de calor, más tropiezo por Barcelona con la dama del paraguas. Nada que ver con la elegante estatua modernista del Parque de la Ciutadella, que saca una mano delicadamente para comprobar si aún llueve. La que me encuentro suele ser una mujer asiática que ha decidido proteger del sol su piel blanca y que camina por las aceras del Eixample hacia algún Gaudí con una equipación a menudo reforzada con gorra y gafas de sol. Te dan ganas de pedirle un rincón de paraguas, como en la canción de Brassens. La tendencia de la sombrilla tiene más seguidoras cada día que pasa, pero, curiosamente, no he visto a ningún hombre que lleve una.
El calor provoca su momento de orgullo local, cuando veo la cara que ponen las familias extranjeras con criaturas cuando entran a los vagones de metro y, por un momento, se espabilan cuando notan a la espalda los efectos salvíficos del aire acondicionado. Sí, ser un país del sur de Europa tenía que tener alguna ventaja, no como pasa en Londres (y con esa alfombra lanuda), donde solo tienen aire acondicionado en cuatro de las once líneas de metro. Un amigo que vive allí me dice que no sabemos qué transporte público tenemos en Barcelona, comparado con la capital inglesa (en Washington pasaba lo mismo), donde el metro está lleno de carteles diciendo que lleves agua encima y que si te mareas del calor avises al personal de las estaciones. Y por Sant Jordi, mucho criticar el polen de los árboles, pero estos días suerte hay de la sombra que hacen.
¿Estamos preparados para el calor? Va por barrios, y nunca mejor dicho. Pero después de la experiencia de estos días, más vale que vayamos pasando de las medidas de protección y defensa a desescalar la actividad económica del verano, porque visitar Barcelona en días como estos solo puede ser para los que piensan que no volverán jamás y que, por una vez que vienen, hay que aprovecharlo.