Una mujer pasa delante de una valla publicitaria antinorteamericana y anti-Trump en una calle de Teherán, en Irán.
21/08/2026 - 18:00 h.
Periodista, tres veces ganador del premio Pulitzer
5 min

Si escribiera un libro sobre la guerra de Estados Unidos con Irán, sé exactamente cuál sería el título. Sería la publicación que hizo Donald Trump en las redes sociales el 5 de abril de 2026, dirigida a los líderes de Irán: “Abrid el [grosería] estrecho, locos cabrones, o viviréis en el infierno… ¡ESTAD ATENTOS!”

Las guerras son un crisol que muy a menudo expone cambios en la física del mundo que nos rodea: quién tiene el poder, quién no lo tiene y cómo se está ejerciendo el poder. Nada muestra mejor la nueva ecuación de poder producida por esta guerra que la obscena diatriba que Trump dedicó a los líderes iraníes porque no se doblegaban ante las bombas.

Esta nueva física de la guerra también está presente en los conflictos entre Ucrania y Rusia, Hezbollah e Israel, Hamás e Israel, y los hutíes y el resto. Mi resumen de esta nueva dinámica es que los pequeños ahora pueden actuar como los grandes, con mucha precisión y de forma muy económica. Y que a los grandes les resulta mucho más caro actuar como los pequeños porque soportan la carga de sistemas de armas heredados.

La ventaja neta, por el momento, parece para los pequeños. Y la revolución emergente en inteligencia artificial seguramente potenciará esta tendencia.

No es sorprendente que Trump esté frustrado. El 11 de marzo, menos de dos semanas después de que él e Israel iniciaran este último episodio de guerra con Irán mediante una campaña de bombardeos a gran escala, Trump declaró: "Hemos ganado. Déjenme decirles que hemos ganado. A uno nunca le gusta decir demasiado pronto que ha ganado. Pero hemos ganado. A la primera".

Tenía razón en una cosa: nunca digas demasiado pronto que has ganado.

Trump no se dio cuenta de que el gobierno iraní también tiene voz y voto sobre cuándo se gana o se pierde esta guerra. A diferencia de Trump, Teherán tenía un plan B: utilizar su nueva capacidad para actuar como los grandes, con precisión y de manera barata, para tomar el control del estrecho de Ormuz, a pesar de que su ejército era una pequeña fracción del de Estados Unidos y había sido duramente golpeado.

Los iraníes han infligido un daño real a Estados Unidos (en el campo de batalla y en nuestra economía), cuya magnitud tanto Trump como el secretario de Defensa, Pete Hegseth, han estado ocultando.

Revisemos algunas noticias de las que quizás no te hayas enterado.

La razón por la cual el principal portaaviones de los EE. UU. en el golfo Pérsico, el USS Abraham Lincoln, a veces no tiene suministros suficientes para sostener a su tripulación de casi 5.700 personas es que, tras el primer día de la guerra, los misiles iraníes y los drones de ataque destruyeron gran parte de la base de suministro. "Mientras se reducía a cenizas, también se destruía un importante centro logístico de la Armada", informó el Times. Esto obligó a Trump y Hegseth a depender de una base bajo mando británico en la isla de Diego García como su centro de suministros –una base que está a unos 4.345 kilómetros de Bahréin–. ¿Cómo es que la base en Bahréin estaba tan desprotegida contra los misiles iraníes el primer día de la guerra? Si esto no es suficiente motivo para arrastrar a Hegseth ante el Congreso, no sé qué lo será.

O quizás te perdiste esta noticia en la revista Defence Security Asia que decía que, a principios de marzo, un misil iraní destruyó un radar de 500 millones de dólares que era vital para operar un sistema de defensa antimisiles avanzado THAAD en la base aérea Muwaffaq Salti de Jordania. El ataque supuso “un momento potencialmente transformador” en la “contienda estratégica” entre Irán, los Estados Unidos e Israel, según la revista. ¡El ataque se produjo contra el sistema antimisiles más sofisticado del arsenal estadounidense!

John Arquilla, profesor emérito de análisis de defensa en la Escuela Naval de Posgrado de los Estados Unidos, me explicó que la guerra de misiles ya no va solo de disparar una ojiva en una trayectoria predecible y luego dejar que la inercia y los sistemas de guía inteligente por GPS la lleven hasta el objetivo. Los rusos han destinado enormes recursos a la construcción de misiles con maniobrabilidad en pleno vuelo, guiados por mejor información en tiempo real, cada vez más impulsados a velocidades hipersónicas y capaces de llegar desde un ángulo que un defensor no ha anticipado. Dicen que los misiles Fattah de Irán tienen estas capacidades. "Esto está convirtiendo el misil en el arma predominante del siglo XXI", explica Arquilla.

Durante generaciones, señala Arquilla, las guerras se “ganaban por masa y energía”. La guerra seguía una ley física simple: cuanto más lejos disparabas tu proyectil, menos preciso era. Por lo tanto, la distancia se debía superar “con masa y energía”. Hoy no. “Ahora las guerras se ganan con información”, dice Arquilla.

Ahora incluso los actores más pequeños tienen acceso a la guerra. Solo hay que observar cómo Hezbolá ha infligido daños significativos a las comunidades israelíes y al ejército israelí; cómo Ucrania ha hecho sangrar a la grande y temible Rusia, y cómo Irán está luchando contra Estados Unidos e Israel, para ver cómo las armas de precisión económicas que se pueden construir en el taller de un sótano con componentes de Amazon han eliminado el antiguo vínculo entre alcance y precisión.

Mientras tanto, las fuerzas armadas norteamericanas solo tienen 11 grandes y pesadas divisiones y 11 grupos de portaaviones.

Trump y Hegseth siguen concentrados en “escalar la guerra hacia arriba” —añadiendo más ritmo y más tonelaje– y los iraníes se van enfocando en “escalar la guerra hacia afuera”, escondiendo unidades pequeñas con misiles de precisión en más lugares y atacando bases norteamericanas e instalaciones petroleras árabes en todo el Golfo.

Estas nuevas armas amplifican otra ventaja que los pequeños tienen sobre los grandes: no tienen que ganar. Solo hay que evitar perder. Nosotros tenemos que ganar, acabar la guerra, irnos a casa y no mirar atrás nunca más. Buena suerte con eso ahora.

Pero conviene que los iraníes y Hezbollah no se lo crean demasiado: deberían recordar que aunque los pequeños ahora pueden actuar como los grandes, los grandes también pueden hacer lo que ellos hacen. El primer día de la guerra, los ataques aéreos israelíes con armas de precisión —con la ayuda de la inteligencia estadounidense— mataron a más de 40 altos líderes iraníes reunidos en un encuentro de alto nivel en un solo complejo en Teherán. En otras palabras, con información precisa, Israel aniquiló gran parte de la élite de seguridad nacional de Irán de un solo golpe.

Y después sucedió el ataque israelí con buscaminas a Hezbollah. Usando una cantidad relativamente pequeña de explosivos y una enorme dosis de información, Israel mató e hirió a un número significativo de combatientes de Hezbollah en pocas horas.

El ataque informático de Estados Unidos e Israel a la instalación de enriquecimiento de Natanz en Irán que comenzó en 2009 fue otra versión. En lugar de bombardear la instalación, Estados Unidos e Israel introdujeron un pequeño gusano informático —Stuxnet— para desactivar un gran número de centrifugadoras IR-1 de Irán, aunque las centrifugadoras fueron reemplazadas rápidamente y la alteración fue mínima. (Estados Unidos e Israel nunca han reconocido su responsabilidad por el virus). Estos son los grandes actuando como si fueran pequeños, usando solo malware.

Lo que es verdaderamente alarmante hoy en día es lo fácil que se está volviendo para los pequeños actuar como los grandes, y por pequeños no me refiero solo al tamaño de los actores, sino también a su edad. Un adolescente con un ordenador portátil, una conexión Starlink y un modelo de IA puede cortar un sistema de agua o energía municipal.

Así que no te sorprendas si un día de estos oyes a tu alcalde hablar como Trump y decir algo como: “¡Volvedme a conectar el agua, locos cabrones, o…”.

Copyright The New York Times

stats