El obús del obtuso

La situación se repite cíclicamente, y siempre, por grave que sea, da risa. Un individuo acude al hospital porque se ha introducido por vía rectal algún objeto contundente que no puede evacuar. La botella de refresco es un clásico y siempre me hace pensar en esa receta del Gordon Ramsay del pollo relleno de lata. El último episodio, muy comentado en el bar, ha sido el del señor que acudió a urgencias (al hospital Rangueil, de Toulouse) con mucho daño en la zona que no digo, porque rimaría. En el conducto había un objeto que, siguiendo un riguroso código deontológico, los médicos procedieron a extraer. Y he aquí que, mientras iba saliendo, comprobaron que no era, precisamente, un látigo. Era un obús de la Primera Guerra Mundial. Medía 20 centímetros de largo y 3 de ancho, por lo que no debemos imaginarnos un Enola Gay. Pero claro, por precaución, tuvieron que llamar a los artificieros. Por suerte, el arma era de 1918 y no presentaba ningún riesgo de fuegos artificiales, más allá del disfrute del paciente. Hablo con todos ustedes, lectores, con cierta franqueza escatológica, porque venimos de dónde venimos. Nuestra figura literaria más célebre es la de Patufet, el niño expulsado por un toro, vía rectal, como glosa el poema: "El toro dio un pedo y salió Patufet".

Cuando se autosatisfaga con un elemento cilíndrico debe tener en cuenta la elección por las posibles explicaciones si todo fuera mal. La madre del chico, si existe, a estas alturas ya tiene noticia del objeto vintage. Y sabe, claro, si el penacho del niño lo ha sacado de la colección clandestina del tío abuelo. Para evitar la carcajada perpetua, yo aconsejaría, siempre (si la cosa no puede ser, digamos, "natural"), unas verduras, que son de mejor extraer, llegado el caso. No en vano, por analogía, al pene se le llama "nabo" o, si lo desea más modesto, "zanahoria". Siempre que sea éticamente posible, estas verduras deberían ser de temporada y de kilómetro cero.