El ocio que iguala
Como cada septiembre, tenemos un debate educativo centrado en lo que pasa en las aulas. Y este año, todavía más. Una huelga el primer día de escuela reclamando más recursos y apoyo para la escuela inclusiva. Unos resultados de PISA marcados por el escándalo de la muestra. Pero a menudo olvidamos que una parte importante de las desigualdades educativas se construye fuera del horario lectivo. En verano, por las tardes y los fines de semana. Algunos niños acumulan actividades, experiencias y vínculos; otros, mucho menos. Y esta diferencia también educa.Fuera del aula hay una oportunidad que no acabamos de aprovechar. En julio del año pasado, el Parlamento aprobó por unanimidad instar al Gobierno a garantizar un mínimo de dos semanas de actividades de ocio educativo en verano, con prioridad para los niños en situación más vulnerable. Una demanda que una amplia coalición de entidades sociales, educativas y de salud hace tiempo que reclama. Y el punto de partida es muy desigual: la diferencia en la participación en actividades extraescolares se acerca a los 40 puntos porcentuales según el nivel de estudios de la madre.Este mismo verano, Ivàlua ha publicado una revisión de la evidencia sobre qué funciona en el ocio educativo para combatir la pobreza infantil. Los resultados muestran que el ocio educativo puede mejorar el rendimiento, la conducta social y la confianza de los niños en sí mismos. Sabemos, pues, que vale la pena garantizarlo. La pregunta, por tanto, ya no es si hay que hacerlo, sino cómo conseguir que funcione de verdad.Ahora bien, garantizar el ocio no significa únicamente financiarlo. Es habitual entender el acceso como una cuestión de precio: si la actividad es gratuita o hay una beca, el problema queda resuelto. Pero sabemos que las ayudas económicas, por sí solas, no garantizan que los niños participen en ella. Porque el precio es solo una de las barreras. También está la información —saber que la actividad existe y que tienes derecho a ella—, los trámites para solicitarla, la oferta disponible en tu barrio o en tu pueblo y los horarios familiares. No poder pagar no es la única manera de quedarse fuera; también existe no poder llegar a ella.Pero llegar tampoco lo es todo. No toda actividad educa igual. La investigación muestra que no basta con ocupar unas horas: hacen falta actividades pensadas con intencionalidad educativa, equipos preparados y vínculos estables. Y la continuidad importa: los resultados son más consistentes cuando los niños participan de manera regular y sostenida. Una plaza no es todavía una oportunidad educativa.Reconocer un derecho es un primer paso, pero lo que más cuenta es que se pueda ejercer. Y esto también significa evitar crear un circuito aparte para los niños con menos recursos. Se puede priorizar quién recibe la ayuda sin separar dónde participa. Cataluña puede garantizar dos semanas de ocio y dar el trabajo por hecho, o asegurarse de que lleguen justamente a los niños que hoy quedan fuera y que el ocio deje de ser una fuente más de desigualdad.