¿Qué ocurre con el oro?
El oro vuelve a estar en máximos históricos. Más de 4.200 euros por onza. Desde julio del pasado año, encadena un ascenso meteórico. Quien entró entonces casi ha doblado la inversión. Justo tres meses antes, un mayorista del sector joyero me recomendó invertir en oro. No lo hice porque nunca especulo ni invierto en cosas que no dan rendimientos explícitos.
Me equivoqué. Habría doblado. ¿Por qué se disparó? Porque el mundo está muy removido. Cuando el mundo duda, el oro sube. En esta reacción hay algo casi primitivo. El oro no paga de dividendos. No genera flujo de caja. No produce nada por sí mismo. Y, sin embargo, cada vez que la economía se vuelve incierta, reaparece como refugio. Como si bajo el traje tecnológico del siglo XXI seguiésemos siendo una civilización que necesita tocar algo sólido para dormir tranquilo.
El oro es limitado. Literalmente. Buena parte del oro que hoy extraemos llegó a la Tierra después del impacto de asteroides hace millones de años. Aquellas colisiones generaron reacciones que permitieron que ciertos metales pesados quedaran atrapados en la corteza terrestre. La cantidad no es infinita. Es la que es. Se descubren nuevos yacimientos, sí. Pero cada vez cuesta más encontrarlos y extraerlos. Esto también forma parte de su valor.
En los últimos años muchos han comparado el oro con las criptomonedas. Activos que no dan rendimiento explícito y cuyo valor depende de que alguien esté dispuesto a intercambiarlos por dinero. La comparación es tentadora pero es incompleta. El oro no es sólo una convención social. Tiene usos industriales. Está presente en componentes electrónicos de alta precisión, en tecnología médica, en satélites. Y, por supuesto, en joyería. Tiene demanda real más allá de la especulación financiera.
El reciente impulso no es sólo psicológico. Los bancos centrales están comprando oro como no lo compraban desde hacía décadas. Diversifican reservas. Reducen dependencia del dólar. Buscan activos tangibles en un entorno en el que la deuda pública global está disparada. A ello se suma el inversor particular que, frente a la inflación o tensión geopolítica, decide que prefiere un metal a un gráfico volátil en pantalla.
Que algo esté en máximos no significa que no pueda seguir subiendo. La incertidumbre no ha desaparecido. Al contrario. Conflictos abiertos, rivalidades comerciales, deuda creciente, elecciones polarizadas. El combustible que alimenta el oro sigue ahí.
¿Seguirá subiendo? No sé. Los economistas analizamos tendencias, entendemos incentivos y medimos riesgos. Pero predecir el precio exacto de un activo es otra cosa. Por mi parte, después de aquella decisión prudente (o temerosa), ya no me pondré. Si vuelve a doblarse, prometo no mirar el gráfico.