La operación Rufián: tres preguntas
Hace días que la indeterminada "operación Rufián" es objeto de análisis y comentario en los medios de comunicación. Pocas cosas gustan más que especular sobre propuestas indeterminadas. El portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso de los Diputados está demostrando, una vez más, su gran habilidad para situarse en medio del baile y hacer que todo el mundo hable de él. No es una habilidad menor para un político de izquierdas, en los tiempos que corren.
Gabriel Rufián tiene una gran intuición política, y mucha capacidad de anticipación. Es el único protagonista del Procés que ha sabido resituarse en la Cataluña —y sobre todo, en la España— post-Procés. Mientras otros líderes políticos podríamos decir que están atrapados en otro tiempo histórico, él se ha reinventado de manera eficaz. Hasta el punto de que del Gabriel Rufián del Procés ya no queda nada.
Gracias a esta capacidad, Rufián es prácticamente el único activo político ascendente de las izquierdas y del soberanismo en un momento reaccionario a escala nacional, estatal y global. Rufián ha tenido la virtud de identificar sus fortalezas, y se ha concentrado en ellas. Así, ha ido haciendo crecer el personaje, y ha conseguido penetrar en TikTok, un espacio en el que la extrema derecha se hacía fuerte y las izquierdas no lograban ubicarse. Gracias a esta habilidad, él solo ha conseguido alejar a miles de jóvenes, sobre todo chicos, de la influencia de la llamada fatxosfera. No es, en absoluto, una contribución menor.
Por eso se equivoca mucho quien, desde el soberanismo y la izquierda, lo siga mirando por encima del hombro y no sea capaz de reconocer la importancia que puede tener la figura de Rufián en un ciclo político complejo como el que se vislumbra. Ni la malicia que pueden tener algunas de sus actitudes ni la mirada estrecha del partidismo deberían ser excusa para no entender la magnitud del personaje y su impacto potencial.
Y más ahora, cuando Rufián parece haber captado mejor que otros el espíritu del tiempo, y ha tomado la iniciativa, en contraste con la inanidad general. El argumento que defiende es sencillo y de sentido común: ante la amenaza de la extrema derecha, la izquierda y el soberanismo deben "hacer alguna cosa". La gran virtud que tiene es que es un mensaje que todo el mundo entiende, y que es lo suficientemente vago para ser polisémico, lo que permite que cada cual entienda lo que quiere entender.
Ahora bien, de la misma manera que se equivoca quien desprecia la relevancia de Rufián, él mismo corre el riesgo de sobrevalorarse y dilapidar su capital político. La política actual es de tiempos cortos y un mal paso puede desinflar el globo en un santiamén. A pesar de su popularidad, Rufián no es —ni en el Estado ni en Cataluña— un líder indiscutido del espacio político que quiere representar. Por eso no le está resultando fácil concretar su propuesta.
Por ahora hay tres grandes preguntas que debe afrontar. La primera es el encaje de esta propuesta con Esquerra Republicana. Porque se equivocaría mucho Rufián si piensa que no necesita su partido. Sin un espacio político bien arraigado detrás, este tipo de liderazgos carismáticos pueden, en el mejor de los casos, tener un impacto efímero. Pero se agotan y se desgastan rápidamente, y al final no queda nada. Lo hemos visto ya muchas veces en la última década, gracias al hiperpersonalismo de la llamada nueva política.
El espacio sociopolítico de ERC es, como cualquier espacio que aspira a ser un poco grande, complejo y diverso. El encaje de piezas es delicado. Y en este espacio, el Gabriel Rufián del 2026 no ocupa una posición de centralidad, ni en el eje nacional ni en el eje izquierda-derecha. Por eso, una operación política hecha solo a su medida no tiene mucho sentido, y puede acabar espantando a una parte significativa del electorado más natural de Esquerra. Ya pasó –en otro sentido– con Junts pel Sí en 2015, que centrifugó votantes de ERC hacia la CUP. En este punto ya deberíamos saber que las coaliciones electorales no siempre consiguen atraer la suma de los votantes de todos los partidos que las componen. Otro tema es que el planteamiento acabe siendo que Rufián encabece una oferta electoral en la que no esté ERC, pero eso sería una jugada todavía más arriesgada electoralmente: el transfuguismo puede generar rechazo entre algunos sectores de votantes.
La segunda pregunta, que no se puede rehuir, es si esta operación tiene algún sentidoen caso de que consiga atraer a todos los partidos a los que apela, cosa que parece improbable hoy por hoy. Si no consigue unificar todo este espacio, el rendimiento en términos aritméticos de la operación será, en el mejor de los casos, discutible. Quizás puede ayudar a salvar un poco los muebles a Podemos, que no pasa por su mejor momento.Y podría atraer a algunos miles de votantes adicionales a Esquerra, pero no cambiaría la correlación de fuerzas a escala estatal de manera significativa. Y, de hecho, incluso podría ser contraproducente en términos de representación parlamentaria de las izquierdas estatales.
Y la tercera y diría que principal pregunta que tiene que responder quien plantea esta apuestatiene que ver con el papel del PSOE. Pedro Sánchez –otro animal político de gran intuición– ha decidido competir por la izquierda y no por el centro. Ha entendido bien el espíritu de los tiempos de la polarización, y ahora hace gesticulaciones izquierdistas, sobre todo –pero no solo– en política internacional. Esta estrategia deja poco espacio libre a su izquierda, como sugieren todas las encuestas que se van publicando. En este contexto, es lícito preguntarse si lo más inteligente que pueden hacer las izquierdas soberanistas es centrarse exclusivamente en el marco del voto útil para parar a la extrema derecha o si quizás hay que mirar de competir también en la dimensión territorial.