Dos hombres inspeccionan los daños de un bombardeo israelí en Tiro (sur del Líbano), el 26 de mayo de 2026.
16/06/2026
Filósofo
3 min

Las últimas semanas, las declaraciones cruzadas de los gobiernos norteamericano e iraní con relación al estrecho de Ormuz, además de las expandidas por Israel o Arabia Saudí, han sido incesantes y, en general, poco o nada fiables. Más bien nada: Trump dice una cosa, Teherán la contraria, y después los mediadores pakistaníes contradicen ambas afirmaciones a la vez. Mientras tanto, sin embargo, las oscilaciones bursátiles a escala mundial han sido vertiginosas (a los especuladores les encanta este ruido ambiental). Ahora dicen que han llegado a un acuerdo; ya lo veremos. La información que nos llega de aquel rincón del mundo suele ser incierta: Oriente Medio lo vemos siempre borroso, incluso cuando reina una relativa paz.Hace mil años también era así, pero por otras razones. Durante la baja edad media, los peregrinos, los mercaderes o los cruzados que volvían de Jerusalén llevaban bajo el brazo relatos en los que la información factual (poca) se mezclaba con mitos, exageraciones y pura propaganda religiosa y política (mucha). Oriente era siempre un espacio inconcreto, lejano, simbólico: un escenario más teológico que geopolítico. Las crónicas mostraban un mundo percibido a través de un velo caprichoso, cambiante. A veces afloraba la figura de un pérfido infiel que al día siguiente, de repente, se transfiguraba en un ser exótico, fascinador y cargado de tesoros. Podía resultar amenazador o atractivo, según conviniera.La paradoja es que, hoy, en plena era del megaflujo informativo, la incertidumbre persiste e incluso puede llegar a ser más acusada. Las declaraciones contradictorias, las versiones cómicamente divergentes de cada actor regional, la gran guerra informativa entre bloques: he aquí un ruido intenso que no amaina nunca. De hecho, nuestro exceso de información no atenúa la incertidumbre, sino que la multiplica, porque aquello que hace siglos era falta de datos, ahora es exceso de datos sin jerarquía. En el fondo, Oriente Medio continúa siendo para Europa un espacio donde la información resulta —digamos— estructuralmente sospechosa. No es que sepamos poco a pesar de que sabemos mucho, sino que sabemos demasiadas cosas incompatibles entre sí, cosas contradictorias y siempre multifiltradas. Hace mil años, Oriente era un espacio mítico, un territorio simbólico, no una región delimitada y cartografiada. Las crónicas describían un mundo poblado de gente extraña y maravillas indescriptibles donde la geografía siempre era imprecisa y elástica, y los acontecimientos se interpretaban a menudo como signos providenciales. En el siglo XXI, la situación se ha invertido sin llegar a mejorar: el déficit informativo ha sido sustituido por un superávit preocupante. Las vistosas declaraciones de Washington, Teherán, Jerusalén, Ankara o Riad llegan en tiempo real, pero cada una forma parte de una estrategia comunicativa que deja en un tercer o cuarto plano la veracidad. Además, las redes sociales multiplican estas versiones apócrifas y crean espejismos efímeros en un sentido o en otro. Quizás ahora mismo, 15 de junio del 2026, estemos presenciando uno.

Hace siglos, nadie podía saber qué pasaba realmente en Antioquía o Damasco hasta meses después (a veces incluso años) y siempre era a través de unos cuantos intermediarios interesados. Ahora la incertidumbre es estratégica: los actores de la región generan (pseudo)información con intenciones políticas, y la velocidad con que circula impide procesarlas razonablemente. La tecnología ha acelerado el flujo informativo, pero no ha eliminado la opacidad que segrega sin remedio un espacio geopolítico simbólicamente muy denso, fragmentado, ultraconflictivo. Tanto ahora como hace un milenio, el Oriente Medio se nos muestra como un territorio narrado, más que conocido.El ensayista norteamericano de origen palestino Edward W. Said publicó en 1978 Orientalismo, un ensayo donde argumentaba que, desde hace muchos siglos, Occidente cristiano ha ido construyendo una imagen de Oriente basada a la vez en fantasías atractivas (el refinamiento, el lujo, la sensualidad, etc.) y en prejuicios muy negativos (la crueldad, la abulia, la deslealtad, etc.). Según Said, el orientalismo, entendido como la visión imaginaria e inconcreta de un lugar igualmente imaginario e inconcreto (¿dónde cae eso de Oriente?), solo contiene el conjunto de las proyecciones contradictorias que Occidente ha ido acumulando a lo largo de los siglos mientras se repensaba a sí mismo. Oriente Próximo siempre es borroso por las razones que hemos explicado antes, pero también a consecuencia de esta percepción tan especial. Hace mil años, los europeos fantaseaban con riquezas inimaginables y ahora muchos están fascinados por el lujo kitsch de las monarquías petroleras del Golfo Pérsico. La cosa no ha cambiado mucho.

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