El país cultural confederal condal

En otra vida quiero ser un acordeón. Perdón. De hecho… ¿La vida no es un acordeón? Arriba, abajo. Movimiento. Swing existencial. Este nyigo-nyigo. Este aire que viene y se va. La vida es aire. Love is in the air. La muerte, también. Me pliego. Y me despliego.

Recuerdo mi nacimiento como acordeón. Fue este julio en Canillo (Andorra). Nyigo-nyigo. Todo el día los acordeones saltando por las plazas. Éramos como acordeonistas de Hamelín. Zigzagueando. Hipnotizados. Detenidos. Delante de la iglesia de Sant Serni (el campanario más alto del país, 28,5 metros) el nyigo-nyigo nos hace subir por unas escaleras. Arriba el cielo lo recortan unas tijeras de palabras de piedra. Canillo no es solo la parroquia más septentrional de Andorra: es la cima más nórdica de una cultura. Y aquí hay un tobogán.

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Bajamos afilados. A toda velocidad, pero recto, recto... Sin detenernos ni un nanosegundo. Circulamos por una autopista sideral. Hay un instante, sin embargo, en que giramos hacia una pequeña-gran metrópoli: Peramola DF. Aquí, este verano ha nacido una criatura que ya habla: Casa Rotxé. Una tienda de comestibles del siglo XIX es ahora una librería, un centro cultural, de literatura pirenaica: la teca del s. XXI. De una capital de acordeones a una capital de poesía. En medio del 3D ñam-ñam, de este banquete de la vida, nos vemos obligados a continuar bajando. Nos esperan. Todos hacia el rascacielos galáctico.

Tenemos prisa. Hay migas en el camino. Y un intermitente se enciende de golpe cuando pasamos por Vallfogona de Balaguer. Aquí hay un embarazo en marcha: Cal Covet. En el antiguo cine, en uno de los edificios más rellenos de memoria del pueblo, se está levantando anímicamente una Casa de Cultura. Otra capital. En 2027 ya habrá una programación y será como una pequeña e infinita coca de recapte. Hay hambre, pero tenemos que volver a la carretera tobogán. Están al caer. Ya volvemos a estar.

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Ilerda vale! Lérida, capital-capital. Pero capital de más cosas. El San Miguel de las Letras (promovido por la Fundación Horizontes) convierte esta semana Lérida en capital de la literatura y la cultura catalana. Ya era la idea, la semilla, la miga, la esperanza, el futuro. Empezó en 2023 con paso de pulga y cuatro años después ya tiene vuelo de gorrión. Donde muchos no miraban (ni lo querían hacer), ahora ya lo hacen. Ya no hay suficientes ojos: la Feria del Libro de Organyà, los Encontats y la Sala Mercantil en Balaguer, el Grito en Lérida, el Minúsculo en Mollerusa, los Lavaderos en Juneda… Porque en esta carretera, este trayecto, este viaje, hay un asfalto, una dirección, un destino en común.

Desde Canillo hasta Lérida hay una infraestructura invisible que gobierna desde hace siglos lo visible: el condado de Urgel. Naciendo en la actual Andorra y alargándose como un fuelle de pliegues, como moldes, como migas, hasta la Franja de Poniente. Ahora emerge el Condado de Urgel Cultural. Arriba y abajo. Sin parar. En todas partes. Una infraestructura en movimiento del siglo XXI con el ADN del asfalto fijo de los tiempos. Un mapa, un GPS, un satélite que nos señala que el cielo, el cielo común, es el mismo y se puede ver desde todas partes. Vamos a la velocidad de la luz, las galaxias, porque hoy los caminos, las carretas, las geografías, están sobre nosotros. El país está en el aire. Y lo estamos bajando a la tierra, que es, como siempre, firme. Una vía, un eje, una pista de ces aliadas, cosoberanías. C: cultural, confederal, condal. El país es un acordeón.