Parados en el túnel
El convoy del metro en el que iba a trabajar ayer por la mañana salió de la estación y, cuando apenas había entrado en el túnel, frenó bruscamente y se quedó detenido. Silencio, miradas de desconcierto y resoplidos de impaciencia, porque por la mañana todo el mundo ajusta al máximo el tiempo. Pasan uno... dos... tres... casi cuatro minutos, y ya se oyen llamadas de gente cabreada avisando de que llegarán tarde. La situación es incómoda: gente que nos estamos tocando unos a otros, de pie, en silencio, sin tener ni idea de qué está pasando. Y cuando el silencio general ya está a punto de romperse, el tren reanuda la marcha y entra en la siguiente estación sin novedad.
El metro de Barcelona es moderno, bien equipado, eficiente. Pero todo son mensajes grabados, botones para un SOS, mucha cámara de seguridad que emite en directo a un centro de control. Se echa de menos el factor humano de los jefes de estación y del personal en general. Ya sería hora de que TMB hiciera hablar a los conductores con el pasaje mucho más a menudo de lo que lo hacen a través de los altavoces interiores de los vagones. No pido los niveles de locuacidad del metro de Washington, donde los conductores nos habían llegado a desear que tuviéramos un buen viaje y un bonito día como pilotos de avión. Pero ante un hecho inesperado, la información de primera mano acompaña y tranquiliza: básicamente, se trataría de explicar por qué nos hemos detenido y para cuánto rato calculan que tenemos aproximadamente.
Parado en el túnel me distraje pensando que los pasajeros vivíamos la alegoría perfecta de cómo va el mundo: parados, en un túnel, sin ver el final y sin oír ninguna voz autorizada al volante. Volví rápidamente a la realidad, porque, bien mirado, la alegoría mundial es bastante más grave.