Contra el partido de la ira
El verano tórrido invita a adentrarse en el rincón más poético de la biblioteca personal: con el Document de Morella, de Vicent Andrés Estellés, o El test de la flor Malva, de Jordi Llavina, podría llegar a olvidarme de la internacional ultra, una de las operaciones más reaccionarias y peligrosas que hemos conocido, infiltrada ahora en los partidos liberales y conservadores clásicos, que han creído que debían acercarse a sus marcos y estrategias para conservar el electorado.
No lo haré, pero podría dejarme llevar por la dialéctica fácil de combatir a la ultraderecha y el fascismo, sin más concreción, ya que suscribo que es necesario defender las instituciones con poder democrático del gran partidode la ira que se va configurando ante nuestros ojos. Partido que también podríamos llamar de la rabia social. Una rabia alimentada desde un discurso antipolítico que busca conseguir controlar la política como si los ultras no formasen parte del sistema: no solo son el sistema, son representantes de algunas minorías privilegiadas económicamente que quieren poderes que no regulen mercados, que no establezcan controles ni intenten equilibrar balances. Un poder absolutista de la modernidad.
Adentrarme en el rincón poético sería un refugio agradable lejos del sol que quema a todas horas, pero no puedo dejar de pensar en los que señalan a un enemigo culpable de todos los males. En las sociedades democráticas de nuestro entorno, y en la nuestra misma, este enemigo es la política del reconocimiento de las grandes complejidades ciudadanas y el-que-llega-desvalido-desde-lejos. De aquí que los hechos de Ceuta sean extraordinariamente complejos y fomentar el miedo sea abundantemente rentable. Es por esto que la internacional facinerosa está adoptando la forma del partido de la rabia social, una rabia que se alimenta en cada conversación de bar, en cada comentario de sala de espera o de encuentro casual.
La rabia social amanerada se debe combatir con una de las tareas más difíciles de realizar desde la gobernanza pública: la correcta precisión del funcionamiento de los servicios públicos y la defensa cuidadosa y especializada de cada miga de lo que hemos conseguido evolucionar para acercarnos a las sociedades libres y fecundas que hace ochenta años que son democracias consolidadas (y que a nosotros medio siglo de dictadura militar nos impidió ser antes).
Las sociedades democráticas han avanzado en derechos para las mujeres, han reconocido nuevas formas de familia, de identificación de género, y han ampliado el listado de derechos a proteger. Es necesario, sin embargo, que en cada casa, calle, barrio, ciudad, escuela, centro de salud, sistema de transporte, se aplique un funcionamiento de los servicios de precisión suiza. El funcionamiento adecuado de lo que es público en las nuevas sociedades (que tienen una complejidad más elevada) es la mejor muralla para cerrar el paso a la extrema derecha.
La izquierda debe hacer suya la eficiencia que salvaguarda el prestigio de los servicios públicos, más que prometer ampliar prestaciones: es en las salas de espera donde se incuba el voto al partido de la rabia social. Esto solo puede combatirse con un funcionamiento preciso, cuidadoso, escrupuloso y detallista de los servicios (incluso de los vinculados a la gestión de fronteras y migraciones).
El partido de la ira crece en una sociedad que ya no recuerda el esfuerzo que implicó crear estos servicios de carácter social: sencillamente los exige y hace responsable al enemigo –el-que-llega-desvalido-desde-lejos– de sus ineficiencias o déficits.
La percepción y el respeto venerable que otras generaciones hemos tenido por las instituciones democráticas ha cambiado. El cerebro de las generaciones mayores todavía recuerda la emoción de recuperar estas instituciones, de adaptarlas a una ciudadanía que valoraba como propio cada avance.
Quizás lo que pasa es que la sociedad y la política ya no hablan tanto de esperanza, y ahora solo anhelan una felicidad consumista. Para una parte muy importante de la ciudadanía menor de 50 años, la supuesta felicidad está vinculada al consumo y el consumo a la envidia de lo que otros tienen. Pero no es posible conseguir esta felicidad, saciarse, porque el consumo masivo está abiertamente incentivado y no tiene relación con la necesidad. Por lo tanto, hay una parte de la ciudadanía que es difícil de satisfacer y es al mismo tiempo fácil de captar por soluciones populistas que les dicen que no pueden tener todo lo que desean porque otros se lo impiden. Este es el gran cambio del siglo XXI: nos pesa más nuestra condición de consumidores que la de ciudadanos conscientes. Consumidores de vídeos random, también.
La principal tarea de los que quieren ganar la extrema derecha es recuperar el prestigio de lo público, la solidaridad en la vida colectiva. Las instituciones y sus servicios deben trabajar para crear una relación respetuosa con lo que es el auténtico patrimonio colectivo: el sentimiento orgulloso de formar parte de él. Y esto no será posible sin que se implique quien ha de devolver la luminosidad a la escuela, dar la ternura al enfermo o la dignidad a la vivienda humilde. En esta defensa respetuosa y firme hay que incorporar al enemigo –el-que-llega-desvalido-desde-lejos–: sin él no salvaremos ni las palabras ni los valores.