¿Qué más tiene que pasar?

Llevamos mucho tiempo explicándolo: el modelo energético actual es devastador para el clima, para la contaminación en las ciudades y para nuestra dependencia energética del exterior. Aun así, cuesta que el conjunto de la sociedad nos lo acabemos de creer. Y con la guerra de Irán, el cierre del estrecho de Ormuz y la nueva crisis energética, recogemos los frutos de nuestra obstinación: volatilidad de precios y preocupación por el abastecimiento. ¿Qué más tiene que pasar?

El cambio hacia energías renovables es barato, ambientalmente más limpio y nos hace más seguros. No es solo una cuestión de clima, es también una cuestión de seguridad y de sentido común económico. En Cataluña, esta vulnerabilidad es especialmente evidente: dependemos de manera muy mayoritaria de energía importada, lo que nos expone directamente a choques de precios y riesgos geopolíticos.

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Sin embargo, continuamos atascados. Hace pocos días se ha presentado el

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A pesar de ello, seguimos atascados. Hace pocos días se ha presentado el mapa del Plater, que especifica objetivos de energías renovables comarcales, y, rápidamente, han aparecido voces contrarias (voces que podemos calificar de nimbis, por el acrónimo inglés de Not In My Backyard, "no en mi patio"), incluidos representantes políticos con el “no” rotundo o con el “sí, pero no así”, que, en la práctica, son bastante equivalentes en términos de inmovilización. Me gustaría ver a estos mismos alcaldes y alcaldesas manifestándose contra tener gasolineras en su comarca o contra las subestaciones que les llevan electricidad. Es legítimo discutir cómo hacer las cosas, pero no puede ser que todo acabe en bloqueo o en un prolongamiento eterno. En tiempos dramáticos como los que vivimos, es sencillamente de un mal gusto y un privilegio reprobables, aún más cuando esto pasa en zonas que ni siquiera producen energía, como es el caso de las comarcas gerundenses.

La energía que consumimos cada día también ocupa espacio y tiene impacto. La diferencia es que, con las renovables, estos impactos son mucho menores y, sobre todo, compatibles con un futuro viable. Ahora bien, el espacio que ocupan lo vemos en casa, en lugar de externalizarlo fuera del país. Negamos un cambio de paradigma mientras desestimamos los impactos del modelo actual, apelando al miedo al cambio y a evidencias poco contrastadas.

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A escala europea, vamos a mejor paso, pero con pasos en falso. De la crisis de Ucrania salió más ambición climática, pero también un acuerdo de taxonomía verde que incluía el gas y la nuclear para contentar a Alemania y Francia, y que ralentiza el cambio de paradigma. Es un buen ejemplo de cómo avanzamos, a menudo con contradicciones que frenan el ritmo del cambio.

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Con el tema del coche pasa algo parecido. Si hay escasez de gasolina, tendremos muchos problemas. Pero ya hace años que tenemos una solución viable, que se ha adoptado en muchos países y que aquí hemos ido retrasando activamente: el coche eléctrico. La gasolina es un carburante muy eficiente, pero debemos quemarla de manera bastante ineficiente dentro del coche. La magia del coche eléctrico es que se salta este paso: no hay que quemar nada y, por eso, ya es más barato conducirlo, incluso sin crisis energética.

En lugar de eso, insistimos en retrasar el abandono progresivo del coche de combustión, prometiendo combustibles bio o sintéticos. Estos combustibles aún requieren el proceso de combustión y son muy caros de producir, lo que hace imposible que compitan con la gasolina sin grandes subsidios. El único caso con cierto éxito de implantación, el del etanol en EE. UU., ha sido un desastre financiero y ambiental, con grandes costes de subsidios y una enorme presión en términos alimentarios y de deforestación. Ya que nos gusta tanto contar hectáreas con el Plater, en términos de energía pura, las placas solares producen aproximadamente 40 veces más energía por hectárea que los cultivos que se utilizan para hacer el etanol, antes incluso de tener en cuenta que los coches eléctricos son mucho más eficientes.

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La matemática es tozuda y la transición ya no es algo abstracto. Justo hace poco leía a Francesc Mauri explicándonos un caso de éxito sobre camiones eléctricos y el ahorro que suponen para las empresas pioneras. Yo misma hago muchos días, en mi casa, la energía necesaria para hacer 100 km con mi coche. Estoy segura de que los lectores que tienen un coche enchufable ya hace días que lo usan más. Es decir, el futuro ya existe. Lo que falta es desplegarlo sin ser tan remilgados. La negación al progreso con celeridad no es neutral.

En resumen, necesitamos un cambio radical de actitud. Hay que empezar a celebrar aquellos actores y proyectos que son motores de cambio, facilitar esta gran transformación y dejar de ponerle trabas constantes. No solo para protegernos, sino para poder construir un futuro que, comparado con el de los combustibles fósiles, como mínimo, es posible.